No duermen la ministra y sus subalternos pensando en cuando llegará el día glorioso en que Costa Rica tenga un TLC, por ejemplo, con una Unión Europea desastrosa y en quiebra.
Pero no importa, el TLC pase lo que pase siempre será bueno, ¿para quién o para quiénes?, para los de siempre claro, ¿acaso alguna vez les ha importado la suerte de los que ellos llaman despectivamente “los perdedores”?
Aunque los hechos se vayan difuminando con el paso del tiempo, recordamos todavía cómo transcurrió eso que llamaron “negociación” del TLC con los Estados Unidos.
En secreto, sin luces y sin taquígrafos, ahí está el libro de Germán Serrano Pinto, algún día tendría que ser de lectura obligatoria para recordar que quien olvida el pasado no podrá nunca orientar la construcción del futuro.
Pero el tiempo pasa, nos vamos algunos haciendo viejos como dice la canción, y desaparecen las falsas promesas.
Pero permanece intacta la pasión del COMEX por los tratados, adicción incurable que se inyecta en vena, que despedaza al país en beneficio de minorías.
La religión del libre comercio con sus cardenales y sus popes, sus vulgatas que atontan de tanto repetirse, sus negocios innombrables, intocables funcionarios que siguen con la prédica incansable y demoledora de las mismas mentiras.
Países humeantes en ruinas, capitalismos funerales, millones sin trabajo, sin pensión, quemadas sus esperanzas en la pira de ese ídolo de barro: el libre comercio sin barreras, sin límites, sin regulaciones, donde el pez grande se come al chico y el fuerte garrotea el débil, y un COMEX en Costa Rica insaciable que quiere seguir firmando sin siquiera eruptar más telecés, más telecés.
