Por Sergio Castillo:
¿Qué sería deseable de cara a la próxima elección de la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia?
Creo que es una decisión que deberíamos observar con muchísima seriedad. No se trata únicamente de quién ocupará uno de los cargos más relevantes dentro del Poder Judicial. Se trata de escoger a la persona que deberá conducir uno de los pilares esenciales de nuestra democracia en un momento particularmente complejo.
La lectura de los tiempos importa.
Quienes hemos trabajado de cerca con el sistema de justicia sabemos que hoy enfrenta desafíos distintos a los de hace apenas una década. La aparición de nuevos fenómenos criminales, la revolución tecnológica, la exposición pública de los procesos judiciales, la confrontación política y las tensiones entre instituciones obligan a comprender que Costa Rica atraviesa una etapa de transformación.
Precisamente por eso, este no es momento para debilitar nuestras instituciones. Es momento de fortalecerlas.
Y cuando hablo de fortalecer la institucionalidad no me refiero a defender el statu quo ni a perpetuar jerarquías. Me refiero a preservar los mecanismos de control que sostienen nuestra democracia, garantizar que nadie se encuentre por encima de la ley y proteger ese contrato social que hace posible nuestra convivencia.
La próxima Presidencia de la Corte debería responder a esa lectura de los tiempos.
En momentos de confrontación, el liderazgo institucional no debería aumentar las divisiones, sino disminuirlas.
A mi juicio, el nuevo presidente o presidenta de la Corte debería tener capacidad de diálogo, una visión conciliadora y, al mismo tiempo, la firmeza necesaria para adoptar decisiones que quizá no siempre sean populares, pero que sean las correctas conforme al Derecho.
Debe ser una persona con altos estándares éticos.
Alguien capaz de escuchar antes de reaccionar.
Alguien que comprenda que ejercer autoridad no significa imponerla.
Y alguien que entienda que el Poder Judicial del futuro no puede administrarse exactamente igual que el Poder Judicial del pasado.
La transformación digital cambió la criminalidad. Cambió la prueba. Cambió la investigación penal.
Por experiencia, sé que estos cambios no son teóricos. Hoy la evidencia puede estar en un teléfono, en una plataforma digital o en un servidor ubicado a miles de kilómetros de Costa Rica.
Eso exige otra forma de pensar la justicia.
Quien conduzca la Corte debería comprender la importancia de fortalecer al Poder Judicial en materia de ciberseguridad, ciberdelito y evidencia digital, pero también la necesidad de profundizar la cooperación internacional.
La criminalidad moderna no respeta fronteras y la justicia tampoco puede pensar únicamente dentro de ellas.
Pero tan importante como la cooperación internacional es la cooperación interna.
Quien presida la Corte deberá saber conversar con magistrados, jueces, fiscales, investigadores, funcionarios, con los demás Poderes de la República y con una ciudadanía cada vez más atenta a las decisiones de sus instituciones.
El liderazgo que necesita hoy el Poder Judicial no debería construirse arrebatando tronos ni acumulando espacios de poder.
Debería construirse creando espacios de conciliación, acuerdos y confianza.
También deberá preparar al Poder Judicial para los desafíos tecnológicos de los próximos años.
Eso incluye discutir seriamente la incorporación responsable de inteligencia artificial en la administración de justicia y en las capacidades investigativas del Organismo de Investigación Judicial.
No para sustituir investigadores.
No para sustituir jueces.
Sino para procesar información, identificar patrones, ordenar evidencia y acelerar investigaciones que hoy pueden tardar años.
El desafío no es únicamente tecnológico.
Es de liderazgo.
Costa Rica necesita una Presidencia de la Corte capaz de comprender la tradición institucional del país y, al mismo tiempo, tener la valentía de modernizarla.
Que pueda defender la independencia judicial sin convertirla en aislamiento.
Y que pueda ejercer autoridad sin necesidad de confrontación permanente.
Dentro de la propia Corte existen trayectorias distintas.
Hay perfiles que transmiten prudencia.
Hay estilos de liderazgo que privilegian el diálogo.
Hay personas que parecen comprender que modernizar una institución no significa romper con ella, sino prepararla para afrontar los cambios.
Naturalmente, cada quien tendrá su propia lectura.
Yo también tengo la mía.
Pero quizá lo importante no sea pronunciar un nombre, sino preguntarnos qué clase de liderazgo necesita la Corte.
Porque cuando se definen con claridad las cualidades que requiere una institución, muchas veces el nombre termina apareciendo por sí solo.
La próxima elección puede ser simplemente una votación interna más.
O puede convertirse en una oportunidad para recuperar confianza, modernizar la justicia, fortalecer la independencia judicial y volver a tender puentes entre instituciones.
En tiempos de polarización, el liderazgo más valioso no siempre es el que habla más fuerte.
A veces es el que consigue que los demás vuelvan a escucharse.
Y quizá, si observamos con atención, ese perfil ya esté ahí.


