Hace solo unas décadas no existía la palabra «bullying» en nuestra sociedad, término usado en idioma inglés para nombrar lo que todos conocemos: el acoso escolar
Los abusos físicos y psicológicos que recibíamos de niños por parte de los más grandes o matones de las escuelas y colegios, solíamos sufrirlos en silencio y casi de manera estoica. El agresor cometía sus fechorías entre las sombras por lo general, sin hacer ostentación del abuso.
Con el pasar de los años, la situación se ha ido agravando, el auge, anonimato y facilidad que ofrecen las Redes Sociales; contribuye a potenciar el daño que recibe una víctima de abuso cuando su victimario decide compartir imágenes, video o texto; haciendo más vulnerable, insoportable y dolorosa la agresión.
La mayor parte de nosotros los conocemos porque de una u otra manera fuimos víctimas del matón de turno desde nuestra más tierna infancia y aunque no es una conducta exclusiva de varones, no podemos negar que el grueso de las agresiones las cometen y reciben ellos.
Cuando estábamos pequeños, pensábamos y esperábamos con paciencia a “hacernos grandes” para tener la fuerza física y emocional para defendernos, sin embargo, nunca despertamos de la pesadilla: los matones también crecieron; por tanto, volvemos a toparnos con ellos una y otra vez en los colegios, universidades, trabajos y comunidades.
Son esos que por lo general atacan en manada, se alimentan del miedo y tienen urgencia por hacer gala de la poca masa cerebral que usan. Solos tienden a mantenerse alejados, en cuanto tienen “público” que alimenten sus egos, se vuelven imparables, usando la inteligencia solo para lo malo, la perversidad; ideando diferentes maneras de atacar al que es diferente, al que sobresale o simple y sencillamente, al que le cae mal.
Los acosadores actúan a placer alimentados por la complicidad de sus secuaces, el miedo y el silencio de las víctimas en un círculo vicioso de nunca acabar.
En esta semana, nos encontramos conmocionados al conocer la noticia de que un niño de 12 años, ¡doce años! trató de cruzar la línea férrea del tren, instigado por los envalentonados compañeros de su colegio quienes lo “empujaron” hacia la muerte diciéndole que si no se lanzaba a cruzar cuando el tren estuviera lo más cerca posible, era un cobarde y “un playo”.
Sebastián, por ser de los más pequeños y víctima de los mayores quienes les obligan a realizar cierto tipo de actos de “iniciación” para que prueben que son valientes, cedió a la presión de sus victimarios y cruzó…
El tren le cercenó una pierna y parte de la otra, así como un brazo y una lesión craneal incompatibles con la vida. Sebastián dejó este mundo en medio de la ignominiosa impotencia de quienes le sobrevivimos por haber hecho poco o nada en remediar semejante epidemia de salud pública.
Mientras muchos padres pierden el tiempo cerrando centros educativos para evitar que nuestros jóvenes reciban educación sexual acorde a los tabués y prejuicios de sus credos religiosos; los educandos fallecen desatendidos física y moralmente por el bullying imparable que reciben por parte de los acosadores con quienes son obligados a convivir a diario.
Los varones son los que llevan la peor carga, la sociedad les ha enseñado que tienen que ser fuertes sí o sí, a no ser “maricones”, abstenerse llorar, mostrar sensibilidad o emociones y derrochar testosterona para no ser considerado el débil, el pato de la fiesta.
Muchos de los que sobreviven de manera física al acoso, van perdiendo la vida poco a poco en medio de estereotipos estúpidos en donde dar o demostrar afecto se convierte en vergüenza y no en lo que es, una virtud. Algunos con el pasar de los años pasan de ser víctimas a victimarios en el entorno en el que lleguen a desarrollarse.
Resulta imperativo enseñarles a nuestros jóvenes tanto dentro de los hogares como en los centros educativos, que no deben esforzarse por encajar dentro de la sociedad, que ser diferente no es pecado, que cada quien tiene virtudes y defectos. Digámosle que está bien llorar, que no tienen que hacerse los fuertes todo el tiempo pero sobre todo, que no guarden silencio ante las agresiones. El apoyo de la familia, conocidos y amigos resulta indispensable para que sepan que no están solos, que todos lo vivimos también y que sabemos que no es un asunto que se arregla de un día para otro, es una tarea ardua, de todos los días.
Borremos de la mente de las niñas que tienen que ser “populares” para ser aceptadas, dejemos de hipersexualizarlas, de utilizarlas en concursos de belleza desde su más tierna infancia para satisfacer las fantasías de padres insatisfechos con las propias.
Reforcemos en nuestra niñez los conceptos de igualdad, tolerancia, respeto y justicia.
El fallecimiento de Sebastián, arrollado por un tren, ilustra de manera cruel, lo ingrato, absurdo e innecesario del bullying y cómo atropella los derechos de los más débiles arrojándolos hacia los rieles de situaciones moralmente insostenibles.
Una familia está padeciendo un dolor avasallador que muchos no podríamos soportar.
Si conoce a algún acosador de niños, adolescentes o cualquier tipo, denúncielo, déjelo en evidencia; por lo general son cobardes que suelen atacar en manada y que no soportan ser ellos los señalados porque siempre fueron y serán de los que “tiran la piedra y esconden la mano”.
Solo de esta manera, la muerte de Sebastián no habrá sido en vano.
Nos lo debemos, se lo debemos.

