OpiniónLos golpes de Estado que puede intentar Trump

Los golpes de Estado que puede intentar Trump

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Por Timothy Snyder

Autor o editor de 20 libros. Dicta la cátedra inaugural de Historia Europea Moderna en la Escuela Munk de Asuntos Globales y Políticas Públicas de la Universidad de Toronto y es miembro permanente del Instituto de Ciencias Humanas de Viena.

Estados Unidos está a siete meses de las elecciones de mitad de mandato más trascendentales de su historia.

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Mientras tanto, su presidente Donald Trump, junto con Israel, inició una guerra contra Irán. Son condiciones ideales para que un jefe de Estado dé un golpe y se arrogue el poder.

La preocupación principal de Trump es preservar su bienestar y poder, que perderá en gran medida si los demócratas recuperan el control de la Cámara de Representantes (como parece previsible).

Es evidente que a Trump la interferencia en elecciones no le genera ningún escrúpulo: ya intentó desoír el resultado de la elección presidencial de 2020 y habló acerca de anular los comicios de mitad de mandato. Luego intentó impulsar una ley que impondría graves restricciones al voto y lo convertiría en un privilegio.

En relación con Irán, Trump y el secretario de “Guerra” (Defensa) Pete Hegseth están atrapados en la lógica de la escalada, según la cual una sensación de derrota hoy puede revertirse haciendo lo primero que se les ocurra mañana.

Con cada día que continúan el conflicto y la incertidumbre relacionada (incluido si se mantendrá el alto el fuego de dos semanas acordado con Irán), gente del entorno presidencial se beneficia (mediante el uso de información privilegiada, apuestas políticas o negocios con armas). Y cuanto más se prolongue la situación, mayor será la probabilidad de que se aproveche para un intento de golpe de Estado.

En este contexto, la propuesta de Trump de aumentar más de un 40% el presupuesto de defensa debe entenderse como una dádiva a los oficiales cuyo respaldo espera conseguir. Hegseth, por su parte, se ha lanzado a una purga frenética de personas con principios entre los altos mandos.

Es verdad que convertir una guerra externa en dictadura interna no es fácil, y Trump está en una posición débil. Pero si de hecho intentara un golpe de Estado, hay cinco caminos probables que podría seguir.

Uno sería sostener que en tiempos de guerra se necesita mano firme. El presidente George Bush (hijo) usó este argumento (que no dice nada sobre si la guerra tendría que haberse iniciado en primer lugar, ni sobre la aptitud del liderazgo para librarla) para ganar la elección presidencial de 2004. Trump, en cambio, tendría que usarlo para cancelar la elección o anular sus resultados.

El asunto se complica porque Trump necesitaría aliados dispuestos a infringir la ley. Pero la mayoría de los estadounidenses se opone a la guerra en Irán, y el conflicto reveló fisuras en el movimiento MAGA. Además, algunas de las personas que con más probabilidad estarían dispuestas a la manipulación electoral fueron despedidas.

La segunda posibilidad es el bonapartismo, donde el aspirante a dictador pelea por la democracia en el extranjero y la desmantela en su propio país; como su nombre indica, fue la estrategia detrás de las Guerras Napoleónicas.

Pero Trump nunca fingió que la democracia le interese (prefiere a dictadores como el presidente ruso Vladímir Putin), e hizo campaña contra los proyectos de construcción de naciones en el extranjero, prometiendo en cambio gastar el dinero en los estadounidenses.

Otra alternativa sería que Trump intente una unificación bismarckiana, en la que el gobernante busca unir a la nación. El líder prusiano Otto von Bismarck unificó varios estados germanófonos con sus victorias en tres guerras (contra Dinamarca, el imperio austrohúngaro y Francia) entre 1864 y 1871. Como lo logró por la fuerza y no mediante una revolución o elecciones, el nuevo Reich alemán fue una monarquía militarista desde el principio, con un parlamento esencialmente simbólico. No hay duda de que a Trump le gustaría este modelo, si no fuera por un problema: él es incapaz de ganar una sola guerra, por no hablar de tres.

La cuarta estrategia sería la del líder fascista que sacrifica a suficientes conciudadanos en una gran campaña que le permita asegurar que los sobrevivientes acepten que todo es lucha, que hay enemigos en todas partes y que el mundo está contra ellos.

Aquí la muerte en masa se convierte en una fuente de sentido que une al Führer con su Volk. Aunque la guerra de Putin en Ucrania tiene algo de esto, el ejemplo clásico es la notablemente ardua invasión nazi de la Unión Soviética en 1941, que (como muestran los diarios de Victor Klemperer) fortaleció el movimiento fascista en

Alemania por más de tres años.

Pero Trump no es un fascista en el sentido tradicional. A diferencia de los nazis, no cree en la lucha; se convirtió al belicismo tarde en su vida, convencido de que “victorias” fáciles en el extranjero le traerían éxitos en casa. Ahora que ya alardeó tantas veces de haber ganado en Irán, está mal posicionado para ordenar una invasión terrestre a gran escala, que provocaría numerosas bajas estadounidenses: no hizo el trabajo ideológico previo.

A modo de comparación, Hitler había ganado guerras rápidas en Polonia y Francia antes de invadir la Unión Soviética; eso generó en la población civil y en los mandos militares que antes tenían dudas la sensación de que sabía lo que hacía, y allanó el camino para una segunda etapa de la guerra, más ideológica.

La última posibilidad, más preocupante, es aprovecharse de un acto de terrorismo. Esta estrategia depende de que un enemigo extranjero lleve a cabo un ataque contra civiles estadounidenses en tiempo de guerra, lo que daría a un aspirante a dictador un pretexto para declarar el estado de emergencia y suspender las elecciones. Nunca ha ocurrido algo parecido en Estados Unidos; y puede que no ocurra precisamente porque es la mejor esperanza de Trump: los líderes iraníes han de saber que Trump intentaría explotar un ataque.

Es verdad que la propaganda iraní incluye amenazas contra algunos líderes estadounidenses. Pero al régimen le conviene más burlarse de Hegseth que asesinarlo.

Otra posibilidad es una operación de “falsa bandera”: el autoterrorismo puede ser una estrategia eficaz. En 1999, los servicios secretos rusos pusieron bombas en edificios residenciales de Moscú; la cadena de acontecimientos que esto generó fue el inicio de la marcha de Putin hacia la dictadura. Es muy posible que Trump (cliente de Putin en la Casa Blanca) haya considerado esta idea.

Pero Trump tiene una relación conflictiva con la comunidad de inteligencia estadounidense y lo más probable es que si intenta una operación de este tipo fracase. Incluso si fuera capaz de ejecutar un ataque de falsa bandera en territorio estadounidense, no tendría un modo claro de impedir las elecciones. En cualquier caso, si en los próximos siete meses hubiera un ataque terrorista, los estadounidenses deberían desconfiar de Trump, que sin duda tratará de culpar a sus opositores internos y desacreditar las elecciones intermedias.

En la práctica, si los estadounidenses se mantienen atentos y firmes, ninguno de estos escenarios debería funcionar. El conocimiento de la historia puede cambiar el futuro. El mayor impedimento que tiene Trump para intentar un golpe de Estado no es su debilidad, sino que la gente se niegue a obedecer desde el primer momento.

*Este artículo se publicó originalmente en Project Syndicate.

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