Por Tania Rojas. Criminóloga.
Cada vez que escucho los discursos actuales me hago la misma pregunta: ¿el lenguaje violento desde el poder — las burlas, los apodos, las amenazas, los gritos, las humillaciones públicas, el irrespeto sistemático por el que piensa distinto — produce violencia en la sociedad? La respuesta tiene dos capas: lo que la evidencia ya permite decir, y lo que todavía es difícil de demostrar. Pero que sea difícil de demostrar no significa que no ocurra. Significa que no lo hemos medido suficiente.
El concepto central es el de legitimación de la violencia. Cuando una figura de autoridad usa lenguaje para ridiculizar en el espacio público, produce un efecto de permisividad social: si quien manda puede hacerlo, el umbral de lo aceptable se desplaza hacia abajo. Albert Bandura lo documentó: los comportamientos de figuras de autoridad son imitados con más frecuencia que los de cualquier otra. La violencia no es genética. Es un aprendizaje. Y lo que se aprende desde el poder se reproduce con más fuerza. Johan Galtung distinguió entre violencia directa, estructural y cultural — esta última es la que legitima a las otras dos. El discurso político agresivo, la deshumanización del adversario, son violencia cultural. Y si no se nombra y se combate, termina habilitando a las demás.
Lo que no estamos midiendo
Los casos de Brasil con Bolsonaro y Estados Unidos con Trump están documentados académicamente: el discurso presidencial agresivo correlacionó con aumentos en violencia doméstica, crímenes de odio y tolerancia social a la agresión. Costa Rica no está midiendo si ese mecanismo opera aquí. No hay estudios que crucen el análisis del discurso político con indicadores de violencia interpersonal o confianza institucional. Esa ausencia no prueba que el efecto no existe. Prueba que no hemos querido — o no hemos podido — verlo.
Los que fuimos al plantón no defendemos criminales
Quiero decirlo directamente porque la narrativa oficial ha intentado instalar una confusión: quienes salimos a defender el Estado de Derecho en el plantón cívico no defendemos a criminales con ¨alias¨ exóticos, vulgares e impronunciables. Salimos a defender la institución que tiene la autoridad constitucional de investigarlos, juzgarlos y condenarlos a todos, a los alias y a los invisibles. Sin un Poder Judicial independiente y financiado, los criminales no pagan. Y sin rendición de cuentas, la democracia se vacía.
Quienes promovemos la paz social no repetimos narrativas que promueven la intolerancia porque sabemos que la violencia solo se previene con el ejemplo. Una sociedad que aprende a insultar y deshumanizar al adversario político — que sigue siendo un ciudadano costarricense — está aprendiendo los mecanismos que después se expresan en otras formas de violencia. La coherencia entre lo que se predica y lo que se practica no es debilidad. Es la única forma de credibilidad.
La cohesión social como prevención real
La criminología lo documenta con datos: las comunidades que mantienen lazos de confianza y cooperación — aunque piensen distinto, aunque voten diferente — tienen mayor capacidad de resistir la penetración del crimen organizado. Es igual en los barrios o en los países. En la Plaza de la Democracia, ese jueves, había personas que no compartían nada excepto una cosa: la convicción de que este país merece instituciones que rindan cuentas (todas). Había costarricenses de izquierda, derecha y centro. Cristianos y ateos. Liberales y socialdemócratas. Personas que no se sentarían a cenar juntas pero que pusieron la bandera de Costa Rica en el mismo lugar. Esa es exactamente la definición de cohesión social democrática. Y es exactamente lo que el crimen organizado necesita que no ocurra.
El secreto de esa tarde no fue el acuerdo. Fue el respeto. La capacidad de estar junto a quien piensa distinto sin necesitar que piense igual, sin necesitar insultarlo para afirmar la propia posición. Eso le dice al poder: no nos pueden dividir. Y le dice al crimen organizado: no pueden gobernar aquí.
Mi mamá siempre me lo ha dicho: ¿hija, cuál es el mérito de amarnos los que pensamos igual? Ninguno. El mérito real — el que construye democracia y previene violencia — está en la capacidad de sentarse con quien piensa distinto, escucharlo y encontrar en esa diferencia no una amenaza sino una riqueza. Eso es tolerancia. Eso es concordia. En este momento histórico, esa es también la forma más poderosa de resistencia.
La violencia se previene con el ejemplo. Y el ejemplo empieza hoy.
