Fabricio Alvarado en el Aeropuerto Internacional de Tocumen, en Ciudad de Panamá y con destino a Argentina, justo al cierre de su gestión como diputado y en medio de una tormenta política por las acusaciones en su contra por supuestos abusos sexuales.
No solo sabe cantar salmos, sino que también sabe desaparecer en el aire.
Dos días antes, el evangélico era sancionado simbólicamente por presuntamente haber cometido delitos sexuales contra la exdiputada Marulin Azofeifa y una segunda asesora. Se señala que la amonestación fue simbólica, puesto que su bancada “pro-vida”, la fracción chavista y sus satélites lo salvaron, al impedir quórum en la última sesión del Congreso.

Pero ese blindaje político es solo un parche. Mientras el diputado Alvarado vuela hacia Buenos Aires, el expediente en la Fiscalía sigue muy, muy abierto. Y esos delitos no se borran con una oración ni con millas de viajero frecuente.
Minutos antes, Alvarado lanzó un video asegurando que su bancada “le cumplió al país” y “ponerle el pecho a las balas” (aunque en este caso, prefirió salir hacia el cono sur).
Del mismo modo, aseguró que fueron una “oposición constructiva” (aunque funcionaron más como alfombra del chavismo). Incluso, en un llamado de fe, pidió “oraciones por la presidenta Laura Fernández, los diputados entrantes para que el temor de Dios los acompañen siempre”.
Finalmente, señaló que “demostrará su verdad en los tribunales” y no en el “circo político que quisieron montar en su contra”.
El “perdón” que le dieron sus aliados políticos no es un certificado de inocencia; es simplemente un salvoconducto para que el “salmista mayor” pueda dormir un poco más tranquilo esta noche, lejos del escrutinio nacional.
La imagen de Fabricio saliendo del país es el retrato del cierre de un ciclo político, ahora que el oficialismo, con la presidenta Laura Fernández y el diputado Gonzalo Ramírez, acaparan el discurso religioso, mientras el nombre de Fabricio Alvarado vuela alto hacia el olvido, por ahora.

