Por Ericka Cerdas.
Internacionalista con especialidad en Sinología por Nankai University China y Maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey, México.
Hay discusiones que se ven venir y otras que simplemente amanecen instaladas en la conversación pública sin que nadie haya dado el disparo de salida. La tensión entre tecnócratas y populistas es de esas. No explota ni truena, no aparece en ningún boletín oficial, pero lleva años definiendo cómo el mundo entiende la democracia.
Cas Mudde, que ha dedicado su carrera a estudiar el populismo, tiene una observación que duele por lo precisa: el populismo crece cuando las élites empiezan a hablar un idioma que nadie más habla. Y hay que ser honestos: la tecnocracia lleva tiempo hablando en idioma Excel. Gráficas, modelos, proyecciones que suenan perfectas en una sala de juntas y resultan incomprensibles para quien llega cansado a su casa después del trabajo. Dani Rodrik lo ha dicho de otra manera: cuando la gente siente que los expertos ya no conocen el país real, la confianza se va.
Frente a eso, el populismo ofrece cercanía y relato. Ernesto Laclau explicaba que su fuerza está en construir identidad, no en resolver problemas técnicos. Lo hemos visto en formas distintas a ambos lados del Atlántico: en el Brexit, en el ascenso de Trump, en Milei, en Le Pen, en Orbán. Contextos muy diferentes, pero con un denominador común: una ciudadanía que sintió que los que gobernaban ya no la representaban, y que encontró en el relato populista algo que el tecnicismo no le daba.
El problema es que estos dos modos de gobernar parecen incapaces de coexistir. La tecnocracia pura se vuelve fría: la gente escucha las cifras y mira su vida, y las dos cosas no cuadran. El populismo es más cálido, pero administra emociones, no políticas. Levitsky y Ziblatt han advertido algo que vale la pena repetir: las democracias se desgastan cuando la burocracia profesional deja de ser un contrapeso y se convierte en la correa de transmisión del proyecto político de turno.
La crisis financiera de 2008 fue un punto de quiebre importante. Los expertos fallaron, los modelos fallaron, y quienes pagaron el precio fueron los de siempre. Desde entonces, la legitimidad tecnocrática nunca terminó de recuperarse del todo. La pandemia abrió otra herida parecida: los mismos gobiernos que pedían confiar en la ciencia tomaban decisiones que mezclaban evidencia con cálculo político, y la gente lo notó.
Y así llegamos al presente. En Estados Unidos, Europa y buena parte del sur global, la ciudadanía se hartó de los expertos que parecían hablar desde otra galaxia y al mismo tiempo se asustó con los liderazgos que prometían soluciones de un día para otro. El mundo lleva años buscando un punto medio que nadie ha sabido definir bien todavía.
Porque elegir entre tecnócratas y populistas es, en el fondo, una trampa. La tecnocracia aporta rigor, pero pierde cuando se desconecta de la vida cotidiana. El populismo moviliza, pero goberna mal cuando la emoción reemplaza al criterio. Un Estado moderno necesita las dos cosas, y la dificultad está en saber cuándo y cómo combinarlas.
El verdadero reto para las democracias contemporáneas es ese equilibrio. Escuchar sin dejar de planear. Usar la evidencia sin volverse arrogante. Y tomar decisiones que funcionen para personas de carne y hueso, no para quedar bien en un informe o en una conferencia de prensa.
Los datos sirven cuando mejoran vidas. El relato sirve cuando conecta con la realidad. Cuando alguno de los dos se desconecta de eso, la política se convierte en un ejercicio de autoconvencimiento colectivo.
Ese sigue siendo el desafío: que la política vuelva a ser un puente entre la evidencia y la dignidad.

