San José, 9 de junio de 2026 – El sistema educativo costarricense atraviesa una etapa crítica que trasciende las aulas.
Datos del propio MEP alertan sobre 101 centros educativos al borde de la clausura, datos de seguimiento indican que la cifra real asciende a 119 instituciones en condición crítica, evidenciando una preocupante brecha en el manejo de la información oficial.
Esta cifra es apenas la punta de un iceberg, pues el acumulado nacional registra más de 800 órdenes de cierre emitidas por las autoridades que aún esperan una solución técnica y financiera.
La situación ha generado una creciente tensión en las comunidades.
Padres de familia, docentes y estudiantes observan con preocupación cómo el deterioro de los edificios —que presentan riesgos eléctricos, estructurales y sanitarios— pone en jaque la continuidad del curso lectivo.
A pesar de las advertencias constantes y los informes técnicos que señalan el peligro inminente, cientos de centros educativos siguen operando en condiciones precarias ante la falta de una respuesta institucional ágil.
Más allá del desafío constructivo, el problema se perfila como una bomba de tiempo social para el Gobierno.
El cierre de estas instituciones no solo afecta el derecho a la educación de miles de estudiantes, sino que golpea directamente la red de protección social del país.
Muchos de estos centros funcionan como comedores escolares, siendo el punto de alimentación esencial para miles de menores en condición de vulnerabilidad.
La interrupción de este servicio, ante una eventual clausura masiva, amenaza con profundizar la crisis de seguridad alimentaria en los hogares de menores recursos.
Mientras las juntas de educación intentan gestionar recursos insuficientes, el Ejecutivo enfrenta la presión de una comunidad educativa que exige soluciones inmediatas.
La desconexión entre la magnitud de las órdenes de cierre y la ejecución de los presupuestos destinados a infraestructura se ha convertido en el principal foco de crítica hacia la administración actual.
Sin una hoja de ruta clara que priorice la intervención urgente, el panorama se torna incierto, obligando al Gobierno a prevenir un colapso que podría comprometer la estabilidad social en las regiones más golpeadas por el abandono estructural.


Alonso Mejía.