Por: Alberto Fonseca Oconitrillo.
Bibliotecario pensionado.
La política costarricense nos regala hoy una imagen para la posteridad: la alegría desbordante de las nuevas dueñas del rebaño frente al rostro pétreo de un Fabricio Alvarado que ya es solo escenografía.
El “ungido” de 2018 ha sido formalmente descabezado, y lo más irónico es que las verdugas son quienes ayer le sostenían el micrófono. Este asedio perfecto no habría sido posible sin el trabajo de fontanería de Gonzalo Ramírez.
El exdiputado, con el colmillo retorcido de quien conoce cada pasillo del mundo evangélico, fue la pieza clave para arriar a las ovejas desde las tiendas de Nueva República hasta los pies de Laura Fernández.
Ramírez operó el traspaso prometiendo una agenda de “mano dura” contra el aborto y el desmantelamiento de políticas de derechos humanos, vendiendo la regresión como una victoria celestial.
Laura, con la denuncia oportuna, y Pilar, con la narrativa de “limpieza moral”, ejecutaron la demolición controlada de la credibilidad de Alvarado.
Mientras él se hunde en el fango de sus expedientes por hostigamiento sexual, ellas acaparan un voto que se mueve con obediencia de ciervo.
El rebaño no solo abandonó a su antiguo pastor; lo dejó clavado en la pared del fondo como una reliquia polvorienta de una fe que ya no le pertenece.
El festín está servido, y el postre es la impunidad de un sistema que permitió al “caído” irse sin sanción, mientras sus sucesoras celebran sobre sus restos


Alonso Mejía.