Desde que los partidarios del ultraderechista Tea Party tomaron posiciones cada vez más fuertes en el partido al que un día perteneció Abraham Lincoln, lo más cavernario y fascista de la sociedad estadounidense se ha hecho cargo del Partido Republicano poniendo también de rodillas al candidato Mitt Romney, que mientras fue gobernador de Massachusetts fue un derechista moderado, si es que la moderación todavía es posible entre esas fuerzas conservadoras.
Un partido que ha declarado prácticamente una guerra a los negros, a los inmigrantes, a los hispanos, a las feministas, a los homosexuales. En sus emisoras de televisión y radio aseguran que el negro Obama no es estadounidense, que es un musulman peligroso para la nación.
Proponen una radical reducción del gasto público hasta el 20% del PIB, subir los gastos militares y eliminar las ya raquíticas ayudas a la salud pública, a la educación, privatizar la cobertura sanitaria de los jubilados, quitarle toda ayuda a las madres solteras, rebajar los impuestos a los ricos, fortificar más la frontera con México, medidas radicales contra los sin papeles, etcétera. Si ya desde Reagan se aplicaron con la mayor radicalidad las políticas neoliberales, hoy el Partido Republicano en manos del conservadurismo extremo ha llegado al paroxismo las medidas más retrógadas posibles.
Y en política exterior no se quedan atrás. Si no se han “solucionado” ya los conflictos de Afganistán y de Irak es porque ha faltado más firmeza y decisión. Los más de 100 mil muertos en Irak y los 30 mil en Afganistán, después de la invasión militar de los Estados Unidos no son suficientes. Hay que enseñarle el puño de verdad y preparar lo que sea necesario contra Irán, Rusia, Cuba, Venezuela y cualquier otro país que se enfrente a sus políticas imperiales de dominación y avasallamiento.
Cualquiera pensaría que la convención de Tampa fue un cónclave de perturbados y ebrios, que se enfrascaron en un aquelarre de odio y de locura muy minoritarias en la sociedad estadounidense. Pero cuando las encuestas le dan a los republicanos cerca de la mitad de la votación da realmente miedo. Es cierto que Obama termina este periodo entre la decepción de sus propios seguidores que le culpan de no haber cumplido sus promesas, así como también es cierto que en términos fundamentales su política exterior fue una continuidad de la de Bush. Sigue siendo importante que un negro llegara a la Casa Blanca por la ruptura cultural que eso ha significado en una sociedad donde el racismo sigue teniendo muchos partidarios, sobre todo en la llamada América profunda, pero como decía ya en su tiempo el general de cinco estrellas y presidente Eisenhower, quien tiene de verdad el poder es el complejo militar-industrial. Desde entonces el poder de las altas finanzas, de las transnacionales, de los militares, sólo ha hecho incrementarse y convertir al imperialismo en una fuerza más agresiva a medida que siente que el mundo unipolar tiene los días contados, así como su indiscutida hegemonía. Un presidente finalmente es una pieza más de ese monstruoso engranaje.
Es algo que nos interesa y nos atañe, dado el peso de los Estados Unidos en todos los ámbitos de la política nacional. Aquí también tenemos al Tea Party tico, que comparte ese ideario y que desearia demoler en el menor tiempo posible las conquistas sociales, laborales y civiles alcanzadas por nuestro pueblo.
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