Por Mauricio Campano. Licenciado en Filosofía
¿Qué estará mirando el joven Escámez a través de sus anteojos de marco grueso? Imagino que la fotografía fue tomada una tarde fría, enel lluvioso sur de Chile, lugar en donde nuestro muralista forjó la habilidad de su mano y la tenacidad de sus ojos.
Me gustaría pensar que esa sonrisa es de satisfacción. En ese momento debe haber estado transitando la mitad de sus treintas, alcanzando algo de madurez, pero aun con mucha fuerza. Un muralista necesita vitalidad, un xilógrafo requiere energía; pintar resulta demandante.
¿Qué habrá estado leyendo Julio por esos tiempos? ¿Qué apuntes estaría garabateando en su libreta? Si abriésemos su cuaderno al azar, ¿encontraríamos una frase de Marinetti o una cita de Bretón? Difícil saberlo… Lo que sí sabemos es que llegó a Costa Rica en 1974; también sabemos de sus tres décadas consagradas a la Universidad Nacional; del mismo modo, estamos enterados de su expansión a la escenografía y de su interés por la ópera.
El inquietante reflejo de los anteojos de Julio Escámez ¿tendrá relación con este mundo revuelto que vivimos hoy? Nunca lo sabremos, pero podemos intuir que, como todo artista que se precie de tal, nuestro protagonista vio venir la ola. Algo entendía él del tumultuoso mar.

241 x 367 centímetros exactos tiene el óleo titulado “Apocalipsis”. En ese universo rectangular, burócratas, migrantes, indígenas y militares conforman una sopa difícil de tragar. La imagen mezcla una estética arcaica con objetos tecnológicos. La sensación es (sin duda) de desazón. El cuadro resulta ser un “inquietante reflejo”.