Ojalá que más hombres asumieran esta tarea de la compra, que una división machista del trabajo le ha asignado como obligación a la mujer. Pero la cuestión que interesa ahora va por otro lado.
A nadie le debería importar lo que hace doña Laura con su vida privada como ciudadana, y ninguna relevancia tiene en ese sentido si sabe o no cuánto vale un casado, una baguette o un kilo de arroz.
El tema es que desempeña el cargo de Presidenta de la República y en esa condición firmó un decreto para que el aumento de salarios de los trabajadores públicos sea de cinco mil colones mensuales.
¿Cuántos casados se pueden comprar con ese humillante aumento?
No lo sabe y probablemente no le interesa, ella sólo ve las cifras macroeconómicas e ignora la vida de la gente de a pie que almuerza un casado y que el pan y el arroz forman parte de su comida diaria.
Está claro que no tiene que saberlo todo, pero es que por lo visto no tiene ni idea de cómo vive el pueblo que cada día hace milagros para alimentarse.
No se trata de saber si es ella o es su marido quien se ocupa de esas cosas, se trata de que es la Presidenta de la República que sí está obligada a saber, por lo menos aproximarse, el precio de lo que le cuesta a la gran mayoría de familias costarricenses el casado del día y los alimentos básicos de su dieta.
¿Con qué autoridad decreta entonces alzas salariales de cinco mil colones?
Me recuerda al expresidente francés Valéry Giscard, que después de echarse una perorata sobre las bondades del transporte público, no sabía cuánto costaba un billete de metro, el medio de transporte utilizado diariamente por millones de parisinos.
¿Puede extrañarnos entonces ese divorcio de la presidenta Chinchilla con la realidad que vive el país?

