

Luis Paulino Vargas Solís
Del gobierno de Luis Guillermo Solís he esperado –en consonancia con la retórica de campaña- una propuesta de cambio que, sin pretensión revolucionaria alguna, sí pergeñase algunas innovaciones de buen ver. Supuse que, en sus primeros días de gobierno, o al menos en sus primeras semanas, el nuevo Presidente y las autoridades más importantes dejarían en claro cuáles serían los grandes lineamientos del cambio hacia el cual querrían enrumbar al país. Nada de eso sucedió. En su lugar, hemos recibido una retahíla de mensajes de impotencia y autojustificación: “dennos tiempo”; “la finca está muy encharralada”; “no es lo mismo verla venir que bailar con ella”.
Se comprende que entrar a conocer los detalles del funcionamiento de cada ministerio e institución no es asunto fácil. Pero ello no debería ser obstáculo que impida articular ante el país un discurso coherente e integral, capaz de clarificar las grandes prioridades en los ámbitos principales de las políticas públicas. Lo cual resulta necesario incluso desde el punto de vista de contar con un criterio bien establecido que permita acometer con claridad la labor de reestructuración y saneamiento que cada específica institución pública podría necesitar.
¿Por qué a este gobierno le ha resultado tan difícil proponer una agenda básica que articule los grandes énfasis y, a partir de éstos, los cambios que se querría impulsar? Se le podrían achacar las culpas a Solís atribuyéndole ineptitud y hasta cobardía para asumir posiciones claras. Una segunda razón –apenas ligeramente más sutil- es aquella que apela a falta de propuestas, lo que a su vez sugeriría un estado de grave confusión.
Es posible que esas dos explicaciones contengan alguna gota de verdad. Pero mi hipótesis apunta a un problema más amplio, como enseguida explicaré.
Empecemos por rememorar la estrategia política que dio sustento al triunfo electoral de Solís. Es lo que en otras ocasiones he caracterizado como una propuesta de “cambio sin amenaza”, es decir, un tipo de “cambio” –de alcances y contornos inciertos- desinfectado e higienizado del tipo de peligros que, a través de una aparatosa campaña publicitaria, le fueron atribuidos al Frente Amplio (FA). Ello supuso moverse hacia un centrismo político vaporoso e indefinible. Lo del cambio quedó así dibujado con trazos muy imprecisos: básicamente un recurso retórico, fluido y fantasmal.
Claramente el objetivo era ganar y ello también repercutió en el tipo de alianzas electorales que se movilizaron, de dudosa coherencia y solidez. En la Asamblea Legislativa se jugó a un equilibrismo calculador: el guiño a la ortodoxia del PAC (Ottón Solís); un toque mediático (Epsy Campbell); el amigo íntimo (Víctor Morales); el besito a las izquierdas (Henry Mora, economista favorito de esos sectores).
Y desde las vicepresidencias, una mirada voluptuosa al Partido Unidad, reforzaba por la cercanía de algunos otros importantes personajes cercanos a ese partido, prestos a dar su empujoncito electoral. Teniendo presentes los orígenes políticos del propio Solís, aquello incluso tomó el aspecto de un bipartidismo redivivo, vestido ahora de rojo y amarillo. Al mismo tiempo, se gestó una suerte de coalición implícita, más o menos difusa, con algunos sectores del movimiento social: sindicalismo, campesinado, mujeres, diversidades sexuales. Y en cuanto al FA y Villalta…de lejitos, lo más posible.
Pasadas las elecciones, ese patrón sufrió algunos acomodos. En el gobierno se ratificó el incierto ajedrez del “bipartidismo rojo-amarillo”, incluyendo posiciones importantes asignadas a figuras –algunas muy conservadoras- desprendidas del Partido Unidad. En ese nivel se confirmaba que con el FA nada de nada. Pero la necesidad forzó a que en la Asamblea se tejiese una alianza con este partido, y también –va de nuevo- con la Unidad. La alianza con el FA anda ahorita en alitas de cucaracha, y otro tanto podría estar aconteciendo con las diversas expresiones de los movimientos sociales, excepto sí éstas se dan por satisfechas con las satisfacciones simbólicas que se les tributan.
Este breve recuento –por necesidad incompleto- quiere esencialmente ilustrar un detalle: el gobierno de Solís se ha construido –ya desde el período electoral- sobre una base inestable e incluso contradictoria. Nació débil y en el intento por tomar forma ha perpetuado esa debilidad, al punto que ésta arriesga convertirse en un mal crónico.
Ello seguramente se manifiesta en la incapacidad para tomar posiciones claras en asuntos clave y definir grandes derroteros. Por otra parte, la hipótesis de que se carece de grandes ideas rectoras que puedan animar una mínima propuesta de cambio no se condice con la evidencia de que, en sus 14 años de existencia, el PAC como partido sí articuló una agenda programática relativamente decente. Y, sin embargo, y en lo que al gobierno de Solís compete, es como si nada de eso existiese. Ello plausiblemente sugiere que al interior del gobierno hay sectores –quizá los muy conservadores provenientes de la Unidad- a los que tales ideas no les son agradables.
Por su parte, la hipótesis de que a Solís le ha hecho falta decisión y coraje para imprimirle un rumbo claro a su gobierno, tiene un elemento de verdad: porque Solís antepuso el objetivo de ganar a otras consideraciones y al optar por la vía electoral fácil –por medio de una coalición difusa agarrada de remiendos mal puestos- con ello asimismo optó por un camino que le angosta severamente la posibilidad de lograr que su gobierno pudiese estar a la altura de las expectativas alimentadas.
En campaña electoral Solís y su comando decidieron alejarse de cualquier compromiso claro con los sectores políticos y sociales en mayor grado comprometidos con un cambio de cierta envergadura. El interés estuvo centrado en ganar y con ese fin se movieron sobre la base de una coalición de rostro irreconocible. Llegados al gobierno eso es lo que tienen: un tejido mal hilvanado cuyos estampados son un dibujo sin forma.
*Economista, cadetrádico de la Universidad Nacional (UNA). Artículo divulgado en el blog del autor: Sonarconlospiesenlatierra


