Por Isaac Lerner. Sociólogo y ensayista.
Platón temía a los demagogos. Aristóteles advertía sobre la degradación de las formas de gobierno. Los pensadores modernos alertaron sobre el populismo, la manipulación de las masas y la erosión de las instituciones.
Sin embargo, existe un concepto menos conocido y quizás más útil para describir la Costa Rica actual: La kakistocracia.
No es una palabra popular. La kakistocracia (del griego κάκιστος kàkistos, ‘el peor’, y κράτος kratos, ‘gobierno’). Es un término utilizado para señalar a un Gobierno controlado por las personas más ineptas e incompetentes sobre la faz de la tierra.
No son necesariamente los más corruptos, ni siquiera de los más autoritarios. Más bien, refiere a personas brutas, sin virtudes, cínicas, que confunden y mienten con el verbo. No se trata únicamente de personas incompetentes, sino de actores que han hecho del cinismo, una técnica de gobierno y de la manipulación discursiva, una forma de dominación.
Confunden deliberadamente, distorsionan los hechos y administran la mentira como un instrumento cotidiano. Carecen de escrúpulos, cambiaron la ética por lo rancio. Disfrutan revolcar el debate público en la cloaca y, más aún, revolcarse en los caldos más sucios, pues, sin saberlo, ven que la degradación les resulta funcional.
No llegan al poder gracias a su excelencia intelectual sino por su habilidad para explotar resentimientos colectivos, simplificar los problemas complejos, fabricar enemigos permanentes y convertir la política en una representación grotesca.
La kakistocracia contemporánea parece haber perfeccionado la lógica de los discursos hasta extremos perversos, inundando el espacio público con sospechas, conspiraciones, troles, falsedades, verdades a medias, cremita de rosas, ficciones calculadas cuyo propósito no es convencer, sino erosionar la propia noción de verdad.
La discusión, en el buen sentido, busca ser una cloaca televisada con gritos que sustituyen el conocimiento y el ruido vale más que los resultados. Sus líderes son capaces de movilizar masas enteras hacia el deterioro institucional y la polarización sin ofrecer jamás un horizonte claro, y que ante cualquier cuestionamiento reaccionan desacreditando, caricaturizando o difamando al adversario.
La crítica se transforma en traición, la discrepancia en enemistad y el odio en combustible político. Lo más inquietante es su relación patológica con la realidad: la mentira se convirtió en su forma de existencia. Son mitómanos políticos que repiten sus ficciones con tal intensidad que terminan creyéndolas ellos mismos, comiéndose sus propios inventos mientras arrastran consigo a una parte de la ciudadanía, generalmente la más vulnerable, hacia una realidad cada vez más distante de los hechos.
Costa Rica atraviesa una kakistocracia: El debate público ha dejado de girar alrededor de ideas para concentrarse en enemigos. La gestión ha sido desplazada por la narrativa. La política pública ha sido sustituida por el conflicto político como producto de consumo diario.
Rodrigo Chaves entendió antes que nadie el potencial de esa estrategia. Construyó un liderazgo basado en la confrontación constante contra instituciones, partidos, sindicatos, medios de comunicación, universidades, órganos de control y prácticamente cualquier actor que cuestionara sus decisiones. Desde una perspectiva electoral, la fórmula resultó eficaz. Desde una perspectiva democrática, el costo ha sido enorme porque cuando la política se convierte en una guerra permanente, la capacidad crítica desaparece.
Ya no importa si una medida es buena o mala. Importa quién la propone. Ya no interesa la evidencia. Interesa la lealtad. Ya no se premia el análisis. Se premia el aplauso.
El problema no es ideológico. Las democracias saludables necesitan proyectos conservadores, liberales, de izquierda, progresistas, derechas, centros, socialcristianos y socialdemócratas. El problema surge cuando la política deja de organizarse alrededor de propuestas y comienza a organizarse alrededor de identidades emocionales alimentadas por la indignación permanente.
Lo más alarmante de la kakistocracia es que esta degradación ya no se limita a los actores políticos. Ha comenzado a permear sectores importantes de la ciudadanía. Miles de personas han sido empujadas a una lógica tribal donde la identidad política vale más que los hechos y donde la fidelidad al líder pesa más que la realidad. Toda kakistocracia necesita dos elementos: dirigentes dispuestos a explotar la polarización y ciudadanos dispuestos a premiarla. Costa Rica hoy posee ambos.
Por eso el problema nacional ya no es únicamente quién gobierna. El problema es la cultura política que estamos construyendo. Una cultura donde el insulto desplaza al argumento, la propaganda sustituye a la información y la lealtad reemplaza al mérito.
Las democracias no mueren solamente por golpes de Estado. También pueden deteriorarse cuando la mediocridad se convierte en virtud pública y cuando los peores incentivos terminan seleccionando a los peores liderazgos. La historia tiene una palabra para eso.

