Para empezar, debemos reconocer que los Arias han sido líderes políticos descollantes en el proceso de reestructuración neoliberal de la economía costarricense. En ese sentido, el primer gobierno Arias (1986-90) cumplió varias tareas relevantes: puso en ejecución el PAE-I que la administración Monge (1982-86) había negociado; negoció y ejecutó el PAE-II; bajo la conducción de Eduardo Lizano como presidente del Banco Central –y con pleno apoyo de Oscar Arias- se avanzó significativamente en el proceso de desregulación y liberalización financiera, el cual también había iniciado durante el gobierno anterior. O sea, los Arias desempeñaron un papel importante en la tarea de poner las bases del modelo neoliberal.
Como sabemos, la prohibición constitucional de reelección presidencial opacó la estrella arista, hasta que, ya en el nuevo siglo, en su tercera o cuarta acometida ante la Sala Constitucional, finalmente ningún magistrado les salió “güero”. La reinstauración de la reelección se acopló con la entrada en escena del TLC con Estados Unidos. Vino así el relanzamiento de los célebres hermanos. Oscar Arias fue de nuevo presidente tras unas elecciones manchadas por la duda, y junto a su hermano lideró una poderosa alianza política, mediática y empresarial que, con sus ayuditas por parte de la embajada gringa y mediando algunas maniobras harto cuestionables, logró la aprobación del TLC.
Los Arias quedaron así marcados por el signo de la polarización. Fueron la cabeza visible de un movimiento que, en el empeño por imponer el TLC, propició la fractura de la sociedad costarricense, en lo que fue una especie de guerra civil ideológica y simbólica: dos proyectos de país chocaron de frente de modo estruendoso. Y en el medio del fragor, y en el sitio más visible, estaban los Arias.
Por otra parte, debe reconocerse que ellos han sido –al menos durante el último decenio- los líderes políticos más visibles y exitosos a cargo de la representación de los sectores punta de la economía costarricense, vinculados al capital extranjero y los boyantes negocios de la exportación, el turismo, las finanzas y la especulación inmobiliaria. Los Arias son políticos de carrera que asumieron con convicción la representación política de ese estamento económicamente privilegiado del cual son parte. Y lo hicieron mejor que nadie, cuando otros posibles candidatos a cumplir esa función, o cayeron en desgracia –Rodríguez, Calderón Fournier, Figueres Olsen- o jamás pasaron de ser –no obstante el dinero malgastado- caracoles de la política (Desanti) (Otto Guevara no cuenta porque su extremismo ideológico lo inhibía de cualquier posibilidad de liderazgo).
El papel polarizante de los Arias en relación con el TLC les ganó credenciales de héroes para esos grupos económicos punta. Y se tomaron tan en serio la tarea que quisieron llevarla hasta sus últimas consecuencias. Así, el segundo gobierno de Arias tuvo rasgos napoleónicos que se expresaron en una estrategia tendiente a subordinar los otros poderes de la república, incluida la Sala Constitucional, el Tribunal de Elecciones y la Asamblea Legislativa. Y todavía más, quisieron garantizarse el control del Ejecutivo más allá de 2010. Con ese fin, designaron a Laura Chinchilla como heredera del trono, en lo que se suponía habría de ser un período de transición previo al gobierno del menor de los hermanos.
Progresivamente su aritmética les fue resultando fallida. Chinchilla se desmarcó de los hermanos, al punto que hoy día ni siquiera se cruzan saludo. Pero quizá lo peor surja del hecho de que los Arias han quedado marcados como figuras autoritarias, de disenso y confrontación. Es un prestigio bien ganado, el cual difícilmente podría quedar impune. Y si bien es posible que la ciudadanía sea un toque más condescendiente con el mayor (sus aires principescos y el premio Nobel algo ayudan), difícilmente tendrían las mismas contemplaciones con Rodrigo, un tipo con el sex-appeal de un palo de itabo.
Es agua pasada y mera anécdota el que jamás levantó en las encuestas, no obstante tantos millones despilfarrados.
El problema realmente importante ahora es otro: en adelante ¿quién representará y liderará en la esfera política a aquellos sectores económicos punta que hemos mencionado?
¿Se producirá una mágica traslación de funciones y responsabilidades de los Arias a Johnny Araya? No creo que sea tan simple.
El auge y caía de los Arias que hemos presenciado a lo largo del último decenio debería ser una experiencia ilustrativa para quienes se inclinan por tesis conspirativas que imaginan un mundo donde ciertas fuerzas omnipotentes manipulan la realidad a su antojo. Los Arias han tenido efectivamente mucho poder y lo han ejercido con desmesura y sin escrúpulos. Pero ese poder, como vemos hoy día, no estaba exento de contradicciones, fracturas y debilidades. Ambos hermanos seguirán siendo económicamente poderosos y políticamente influyentes. Pero, sin la menor duda, no es lo mismo ser presidente que ser expresidente, como no es igual ser aspirante a presidente (con la promesa que ello conlleva) que ser exaspirante a presidente (con el fracaso así se evidencia). Esa es, de aquí en adelante, la situación de los Arias.
De similar manera, no es cierto que esa burguesía transnacionalizada, que lidera la reestructuración neoliberal, vaya fácilmente a encontrar sustitutos apropiados. Todos los posibles aspirantes al puesto están fuera de circulación y, hasta en el mejor de los casos, Araya no resulta más que un pésimo prospecto.
Araya es un político de tradición gamonalista y vena demagógica, proclive a la política “populachera” y el gesto fácil, sin cercanía ni experiencia en el mundo de la alta gerencia y los negocios transnacionales. No habla el lenguaje ni entiende las “congojas” del “gran empresariado”.
En otras ocasiones he propuesto la hipótesis de que estamos en presencia de una crisis del proyecto histórico –de inspiración neoliberal- por el que el país viene discurriendo por ya casi treinta años. La crisis se expresa tanto en lo económico y social, como en lo político. Y aquí tenemos otra manifestación política de la crisis: las clases privilegiadas que han liderado la reestructuración económica neoliberal, se quedan ahorita en estado de orfandad política y sin una representación segura a la cual confiarse.
La jarana les sale a la cara: la exclusión que su modelo propicia y que los Arias fomentaron, les está complicando la tarea de “hacer gobernable” esta sociedad. Se ven en necesidad de improvisar liderazgos y hacer acomodos de última hora en momentos en que las turbulencias mundiales no amainan, el sistema político como la economía andan rencos y la gente se muestra recelosa y desconfiada.
Publicado inicialmente en el blog sonarconlospiesenlatierra

