Por MSc. David Francisco Nani. Filósofo, Máster en Estudios Ibéricos e Iberoamericanos (Katholieke Universiteit Leuven, Bélgica).
“Sé desde pequeña que vivir no es fácil. Cuanto más me hieren, cuanto más me hieren, creo que me hago más fuerte y solo aprendo a hacerme la fuerte”. Show-Ya, 叫び – Sakebi (Grito)
“Castigador por herencia de su padre. Enfurecido buscó carne de cañón. Y a su hijo que mangó un par de pesos. A palazos por el lomo se los dio”. Malón, Castigador por herencia
“New blood joins this Earth And quickly he’s subdued. Through constant pained disgrace, the young boy learns their rules”. Metallica, The Unforgiven I
La violencia infantil tiene una alta incidencia nacional y los discursos tradicionalistas religiosos favorecen dicho flagelo. Así lo expresé en un artículo científico que publiqué hace diez años. Y la problemática ha continuado, tornando necesario el análisis de narrativas acerca del tema. No obstante, dada la dispersión de iglesias y las fuentes elusivas, trabajoso resulta situar un discurso amplio y patente.
Sin embargo, hallamos un material de relevancia, la producción cinematográfica Un toque de lo alto (2016), que dirigió José Mario Salas Boza. En consecuencia, este artículo analiza la obra como una expresión de la sensibilidad pentecostal respecto al abuso infantil, y apela al criterio de los derechos del niño. Porque las elaboraciones resultan criticables, y además las posibles consecuencias de todo esto también deben someterse a escrutinio.
Recordemos las tramas, pues la obra se bifurca y las dos historias solo al final se encuentran. En la primera, Catherine sufrió violencia sexual de su abuelo Julio a los seis años. Ya durante la adolescencia, ella experimenta una profunda amargura y rencor hacia dicho pariente y hacia la vida; un cuadro muestra libros acerca del abuso, dando a sugerir que la fémina se informó. Después cae en crisis, consumiendo alcohol y asumiendo riesgos personales, además de crear un vínculo de pareja violento con otra mujer. Luego Catherine colapsa; una escena sugiere ideación suicida.
Y hay otra historia; relata que Alfonso y Rosario son un matrimonio con un hijo joven. Las vidas trascurren dentro del marco de la clase media creyente (más Rosario que Alfonso). Cierto día, el joven y su novia llegan al hogar. La muchacha, colegiala de dieciséis años, y el padre de familia se atraen; tiempo más tarde entablan noviazgo. El hecho conduce a un fuerte conflicto cuando Rosario lo sabe. Sin embargo, el asunto no escala, quizás porque, recordemos, fue hasta el año 2017 (La Gaceta, 13 de enero) que se introdujo el delito de “relaciones impropias”. Así, para cuando se estrenó el filme, ese noviazgo no representaba una relación abusiva punible según las leyes. Entonces aquí, de ese núcleo narrativo, se retoma solo su rol reforzador del argumento central.
Porque ambos guiones tienen un factor común. De tal guisa, los nudos de los dramas se resuelven mediante el cristianismo pentecostal. Por una parte, Catherine halla solución merced a un despertar espiritual. También para Alfonso la fe otorga la respuesta frente al turbulento estado del hogar. Así, en sendas familias, los miembros se reconcilian y se piden perdón unos a otros.
Dado que la obra presenta varios problemas, la narrativa resulta criticable. Primero, ese insight espiritual no resulta entendible según una lógica social y legal y no provee respuestas preventivas ni coactivas frente a un fenómeno complejo. Según dictan la psicología y la criminología, la pedofilia tiende a repetirse; si la sociedad no actúa y no castiga al culpable, este después reincide, mientras que, en el marco de la primera víctima, cuando esta crece, el agresor puede mutar esos ultrajes y ejercer violencia patrimonial y psicológica. Desde luego, la película esquiva semejantes desafíos porque el abuelo fallece.
La relación de una persona con Dios es algo que solo saben esa persona y Dios (Tomás de Aquino así lo afirmaba), los otros no pueden constatarlo, aunque, añadamos, sí les resulta posible sancionar al responsable de un crimen y detener ulteriores abusos. Posiblemente, el asunto resulta más diáfano bajo el marco filosófico y legal moderno.
Segundo, la obra se contradice. Porque a la fe se le confiere el cariz de solución total, mas, el abuelo de Catherine ya era creyente cuando ella, al cumplir dieciocho años, lo encara debido a los abusos pasados; el hombre no pide perdón. Tampoco lo hizo antes; incluso cuando la joven tenía trece, Julio enunció un discurso religioso tradicionalista y moralizante. ¿A cuál de los “dos abuelos” se le cree, al incapaz de rectificar o al que lo hace a punto de morir? ¿Cómo constata un tercero cuándo dicho hombre sigue a Dios? Similarmente, Rosario, al inicio, tras llegar Alfonso borracho, pide ayuda divina, pero el recurso no impide el torbellino ulterior de infieles relaciones del conyugue y de malos tratos maritales para con ella. Las escenas emanan la necesidad de una intervención desde “este mundo”, porque la de “lo alto”, dado el marco del filme, requiere la voluntad de los propios victimarios, quienes deben convertirse. Visto que no se propone otra acción, lo último arroja una interrogante: ¿Qué hacer si tal cambio no ocurre? ¿Qué solución da la fe?
Tercero, el filme machaca estereotipos y prácticas lesivas. De los primeros, cítese la relación que tanto se resalta entre abuso sexual y diversidad sexual, según evidencia Catherine. También nótese que la muchacha no busca ayuda profesional; ese hecho prolonga y agudiza el dolor. Más aun, nunca hay denuncia. Quizás los defensores de la película contraargumenten que se basó en hechos reales; no obstante, la primera trama solo reproduce las narrativas imperantes a nivel cultural. ¿Hubo alternativas? ¿Quizás otras historias verídicas que no se ajustaron a algún propósito? Porque cuando las Catherine denuncian y reciben apoyo psicológico, no quedan postradas frente a una iglesia.
Ahora pasemos a las posibles consecuencias sociales del imaginario pentecostal. Contrapuesto al esquema narrativo fílmico, donde se preconiza el mundo religioso, el expediente histórico recuerda amplios casos de abuso infantil y de otras violencias que han ocurrido en iglesias; la dicotomía planteada no solo no se sostiene, también obnubila situaciones bajo un manto de idealización. Y claro, los estereotipos y las malas prácticas favorecen la opacidad, el nulo abordaje psicológico y el manejo del abuso como tabú.
Al contrario de la simpleza y la penumbra epistémica del filme, las agresiones a los niños reclaman medidas mayores, pues generan inmenso perjuicio. Así, los traumas dañan la capacidad de relación interindividual y conducen a la persona a realizar durísimos reacomodos de personalidad (Show-Ya dixit). Y la violencia infantil, recuérdese sus diferentes formas, descansa en una rotunda negación de la subjetividad de los niños (Metallica dixit), ocurriendo un auxilio nulo, pasa algo cercano al homo sacer que explica Giorgio Agamben: el ser humano sin derechos. Y aunado a ello, hay víctimas que pasan a ser victimarios después (Malón dixit), ya directamente, ya por omisión, refiérase cuando no reciben apoyo psicológico.
¿Repercusiones favorables? La objetividad exige decir que al menos se representan las disfuncionalidades familiares y se alerta sobre peligros; cítese la lejanía paterna respecto a los hijos y el abuso del alcohol. Incluso sería importante comparar las visiones pentecostal y católica (pues los sacramentos católicos muchas veces se emplean para idealizar familias y solapar agresiones). No obstante, los posibles puntos a favor no poco palidecen al verse el cuadro completo.
En suma, la visión pentecostal sobre el abuso infantil, según Un toque de lo alto, evidencia potenciales efectos adversos para los derechos del niño. Porque los fenómenos son más complejos. Por tanto, la sociedad debe atender la problemática y desarrollar abordajes legales y científicos, jamás limitarse a medidas de corte privado y personal, caso de la fe.

