Cada vez que nos reunimos para juramentar a un presidente, somos testigos de la perdurante fuerza de nuestra Constitución. Afirmamos la promesa de nuestra democracia. Recordamos que aquello que une a esta nación no es el color de nuestra piel, la fe que profesamos o el origen de nuestro nombre. Lo que nos hace excepcionales – lo que nos hace estadounidenses- es una nuestra devoción a una idea dicha en una declaración hecha hace más de dos siglos:
“Sostenemos que estas verdades son auto-evidentes, que todos los hombres son creados igualmente y son dotados por su creador con ciertos derechos inalienables, como lo son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”
Hoy continuamos con este viaje sin fin, para conectar el significado de estas palabras con las realidades de nuestros tiempos. Aunque la historia nos dice que estas verdades son auto-evidentes, nunca han sido auto-ejecutantes; que mientras que la libertad es un regalo de Dios, debe ser asegurado aquí en La Tierra por su gente. Los patriotas de 1776 no pelearon para reemplazar la tiranía de un rey con los privilegios de unos pocos o el reinado de un grupo. Nos dieron una República, un gobierno de y para la gente, confiando a cada nueva generación de que sigan manteniendo las ideas de nuestra fundación.
Durante más de doscientos años, lo hemos hecho.
A través de sangre emanada por el látigo y la espada, hemos aprendido que ninguna unión fundado bajo los principios de la libertad e igualdad podría sobrevivir siendo mitad esclavos y mitad libres. Debemos reinventarnos y jurar movernos adelante juntos.
Hemos determinado juntos que una economía moderna requiere ferrocarriles y autopistas para aligerar el paso al comercio; al igual que colegios y universidades para educar a nuestros trabajadores.
Juntos descubrimos que el mercado libre solo prolifera cuando hay reglas para asegurar que haya competencia justa.
Juntos, decidimos que una gran nación debe dar cuidado a los más vulnerables, y proteger a su gente de los peores peligros de la vida y la miseria.
A través de todo, nunca hemos renunciado a nuestro escepticismo sobre una autoridad central, ni hemos sucumbido a la ficción de que todos los males de la sociedad pueden ser curados solo con el gobierno. Nuestra celebración de la iniciativa y el emprendedurismo; nuestra insistencia en el trabajo arduo y la responsabilidad individual, siguen siendo constantes de nuestro carácter.
Pero siempre hemos entendido que cuando los tiempos cambian, nosotros también debemos hacerlo; que la fidelidad a nuestros principios fundadores requiere de nuevas respuestas a nuevos retos; que preservar nuestras libertades individuales requiere de acción colectiva. Porque el pueblo estadounidense no puede satisfacer las demandas del mundo actual por sí solos, igual que los soldados estadounidenses no hubiesen podido enfrentar las fuerzas del fascismo y comunismo con arcabúses y milicias.
Una sola persona no puede entrenar a todos los maestros de matemática y ciencias que necesitamos para preparar a nuestros hijos para el futuro, o construir los caminos, redes y laboratorios de investigación que traerán nuevas oportunidades de trabajo y de negocios a nuestras costas. Ahora, más que nunca, debemos hacer esto juntos, como una sola nación y como un solo pueblo.
Esta generación de estadounidenses ha sido puesta a prueba por crisis que fortalecieron nuestras convicciones y probaron nuestra resistencia. Una década de guerra está por terminar. Una recuperación económica ha comenzado. Las posibilidades de los Estados Unidos son ilimitadas, ya que poseemos todas las cualidades que un mundo sin fronteras exige: juventud y voluntad; diversidad y apertura; una infinita capacidad para tomar riesgos y el don de poder reinventarse. Mis conciudadanos, estamos hechos para este momento, y lo tomaremos; siempre y cuando lo tomemos juntos.
Porque nosotros, el pueblo, entendemos que nuestro país no puede triunfar cuando a un número diminuto de personas les va muy bien y un grupo creciente apenas le alcanza para vivir. Nosotros creemos que la prosperidad de los Estados Unidos debe sostenerse sobre los hombros de una clase media que va en ascenso.
Sabemos que los Estados Unidos proliferan cuando todas las personas pueden encontrar independencia y orgullo en su trabajo; cuando las ganancias del trabajo honesto liberan a las familias al borde de la penuria. Somos fieles a nuestras creencias cuando una niña nacida en la mayor pobreza sabe que tiene la misma oportunidad para triunfar que cualquier otro, porque es estadounidense, porque es libre y igual, no solo ante los ojos de Dios, sino ante los nuestros.
Entendemos que los programas viejos son inadecuados para las necesidades de nuestros tiempo. Debemos aprovechar las nuevas ideas y tecnologías para rehacer nuestro gobierno, modernizar nuestro código fiscal, reformar nuestras escuelas y dar poder a nuestros ciudadanos con las habilidades que necesitan para trabajar mejor y llegar más lejos. Pero mientras que los medios van a cambiar, nuestro propósito persiste: una nación que premia el esfuerzo y determinación de todos los estadounidenses. Esto es lo que los tiempos requieren, lo que da verdadero significado a nuestras creencias.
Nosotros, el pueblo, aún creemos que cada ciudadano merece una mínima de seguridad y dignidad. Debemos tomar las decisiones difíciles para reducir el costo de la atención médica y el tamaño de nuestro déficit. Pero rechazamos la creencia de que los Estados Unidos deben escoger entre cuidar a la generación que construyó este país e invertir en las que construirán su futuro.
Por eso debemos recordar las lecciones de nuestro pasado, cuando los años dorados se pasaron en pobreza y los padres de niños con discapacidades no tenían a quien recurrir.
No creemos que en este país la libertad y la felicidad están reservadas para unos pocos. Reconocemos que no importa cuan responsablemente vivamos, cualquiera de nosotros, en cualquier momento, puede enfrentarse al desempleo, a una enfermedad súbita o que una tormenta destruya nuestras casas. Los compromisos que hemos tomado a través de Medicare, Medicaid y el Seguro Social nos fortalecen y no coartan la iniciativa. No nos convierte en una nación de mantenidos, nos libera para tomar los riesgos que hacen de esta una gran nación.
Nosotros, el pueblo, aún creemos que nuestros obligaciones como estadounidenses no son solo con nosotros mismos, sino con toda la posteridad. Responderemos a la amenaza del cambio climático, sabiendo que fracasar en el intento sería traicionar a nuestros hijos y a las futuras generaciones. Algunos aún niegan el buen juicio de la ciencia, pero nadie puede evitar el impacto devastante de los incendios, las sequías y tormentas poderosas. El camino hacia las fuentes de energía sostenibles será largo y a veces arduo.
Pero los Estados Unidos no pueden resistirse a esta transición, debe liderarla. No podemos ceder a otras nacionales la tecnología que alimentará nuevos trabajos e industrias, debemos asumir ese compromiso, Así es como mantendremos nuestra vitalidad económica y nuestros tesoros nacionales: nuestros bosques y aguas; nuestras tierras de cultivo y picos nevados. Así es como preservar nuestros planeta, encomendado a cuidar por Dios. Eso es lo que dará sentido a las creencias que nuestros padres profesaban.
Nosotros, el pueblo, aún creemos que para que la paz y la seguridad perduren, no necesitamos estar en una guerra perpetua. Nuestros valientes hombres y mujeres uniformados, forjados por las llamas de la batalla, no tienen igual en habilidad y valentía. Nuestros ciudadanos, formados por los recuerdos de quienes hemos perdido, sabemos demasiado bien el precio a pagar por la libertad.
Saber de su sacrificio nuestros mantendrá siempre alertas contra aquellos que nos quieran dañar. Pero también somos herederos de aquellos que ganaron la paz y no solo la guerra, que convirtieron a amargos enemigos en los más leales amigos, y debemos llevar esas lecciones a la actualidad
Defenderemos a nuestro pueblo y mantendremos nuestros valores a través de la fuerza de las armas y la ley. Mostraremos valentía para tratar de resolver nuestras diferencias con otras naciones pacíficamente, no porque seamos ingenuos sobre los peligros que enfrentamos, pero porque la negociación puede aclarar mejor las sospechas y el miedo.
Los Estados Unidos seguirán siendo el ancla de alianzas fuertes en todas partes del globo; y renovaremos esas instituciones para extender nuestra capacidad de manejar crisis más allá de nuestras fronteras, ya que nadie tiene más en juego con un mundo pacífico que su nación más poderosa.
Vamos a apoyar la democracia desde Asia hasta Africa; desde las Américas hasta el Medio Oriente, porque nuestros intereses y conciencia nos mueven a actuar en nombre de los que anhelan la libertad. Y debemos ser una fuente de esperanza para los pobres, enfermos, los marginados, las victimas del prejuicio, no por caridad, pero porque la paz en nuestros tiempos requieren del constante avance de aquellos principios que nuestras creencias describen: tolerancia y oportunidad; dignidad humana y justicia.
Nosotros, el pueblo, declaramos hoy que la más evidente de las verdades, que todos somos creados igualmente; es la estrella que aún nos guía, igual que guió a nuestros antepasados a través de las Cataratas de Seneca, Selma y Stonewall, igual que guió a todos esos hombres y mejores, reconocidos o no, que dejaron huellas en esta gran plaza. Para oir a un predicador decir que no podemos caminar solos; para oirlo proclamar que nuestra libertad individual está inexorablemente unida a la de todas las almas sobre La Tierra.
Ahora es el trabajo de nuestra generación continuar el legado de estos pioneros. Porque nuestro vieja no está completo hasta que nuestras esposas, madres e hijas puedan ganarse de la vida de acorde a sus esfuerzos. Nuestro viaje no estará completo hasta que nuestros hermanos y hermanas gay sean tratados igualmente ante la ley. Porque si realmente somos creados igualmente, entonces de seguro el amor que tienen debe ser igual también. Nuestro viaje no estará completo hasta que ningún ciudadano sea forzado a esperar durante horas para ejercer su derecho a votar.
Nuestro viaje no estará completo hasta que encontramos una mejor manera manera de recibir a los inmigrantes luchadores y esperanzados que aún ven a los Estados Unidos como la tierra de las oportunidades; hasta que jóvenes estudiantes brillantes e ingenieros se unan a nuestra fuerza laboral en vez de ser expulsados del país. Nuestro viaje no estará completo hasta que todos nuestros niños, desde las calles de Detroit hasta los montes Apalaches y las silenciosas calles de Newtown sepan que están siendo cuidados, queridos y estén siempre libres de peligro.
Esa es la labor de nuestra generación, tomar esas palabras, esos derechos y valores de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad y hacerlas una realidad para todos los estadounidenses. Ser fieles a nuestros documentos fundadores no requiere que estamos de acuerdo en cada aspecto de la vida, no significa que todos definamos la libertad de la misma forma, o que sigamos precisamente el mismo camino a la felicidad. El progreso no nos obliga a definir debates centenarios sobre el papel del gobierno para todos los tiempos, pero sí requiere que actuemos en ellos.
Ya las decisiones están sobre nosotros y no podemos darnos el lujo de postergar. No podemos confundir el absolutismo por principio, o sustituir la política con espectáculo o tratar los insultos como debate razonable. Debemos actuar, aún sabiendo que nuestro trabajo será imperfecto.
Debemos actuar, sabiendo que las victorias de hoy sólo serán parciales, y que le tocará a quienes estén aquí dentro de cuatro, cuarenta o cuatrocientos años en el futuro para avanzar el atemporal espíritu que obtuvimos en una sala sobrante en Philadelphia.
Mis queridos conciudadanos, el juramento que he hecho hoy ante ustedes, como el que han recitado otros que han servido en este Capitolio, es un juramento a Dios y a la Patria, no a un partido o facción, debe ser fielmente ejecutado mientras dure nuestro servicio. Pero las palabras de hoy no son tan diferentes del juramento que todos hacemos a la bandera que ondea sobre nosotros y llena de orgullo nuestros corazones.
Son las palabras de los ciudadanos y representan nuestra mayor esperanza.
Ustedes y yo, como ciudadanos, tenemos el poder de determinar el rumbo de este país.
Ustedes y yo, como ciudadanos, tenemos la obligación de moldear el debate de nuestro tiempo. No solo con los votos que emitimos, sino tambien con las voces que levantamos en defensa de nuestros valores e ideales más antiguos.
Dejemos que cada uno de nosotros acepte, con solemne vocación y gran alegría, lo que es nuestro legado. Con sentido común y propósitos en común, con pasión y dedicación, contestemos al llamado de la historia y llevemos la luz de la libertad hacia un futuro incierto.
Gracias, Que Dios los bendiga y que por siempre bendiga a los Estados Unidos de América.

