Quinientos años de crímenes, de brutal opresión, de negación de la cuestión indígena, no pudieron acabar con las resistencias seculares ni borrar de la memoria de los pueblos indígenas su historia, su religión, sus tradiciones, su identidad étnica y cultural, su orgullo por un pasado que permanentemente se quiere destruir.
Esta confrontación desigual entre la tradición etnocultural y la llamada modernidad, donde se cuestionan relaciones de dominanción, se demanda reconocimiento y se combate por el derecho a la autonomía construyendo alianzas con todos los sectores de la sociedad que luchan contra toda forma de opresión, explotación, humillación o discriminación, es sin duda uno de los acontecimientos más relevantes y revolucionarios de la actualidad.
En nuestro país, donde tempranamente se impuso en el imaginario colectivo la idea racista de una Costa Rica blanca, con presencia insignificante de los indígenas y de una colonización sin violencia la lucha ha sido y es muy difícil y compleja. Aunque la llama de la rebelión y de la resistencia siempre se mantuvo encendida, la cuestión indígena estuvo hundida, aplastada, olvidada, silenciada. Los mayores en condiciones tan adversas y aisladas, se las ingeniaron, sin embargo, siempre para transmitir a sus hijos el orgullo de ser descendientes de un pasado que hunde sus raíces en nuestra tierra, en su memoria, desde tiempos muy remotos.
La nueva situación creada en todo el Continente desde el grito de Chiapas hasta la victoria de Evo Morales, para hablar de hechos recientes, ha creado una rebelión que se extiende con mayor o menor fuerza contra los oprobios, las agresiones, los insultantes estereotipos. El pueblo teribe de Térraba ha dado un pequeño pero gran ejemplo de lo que se está moviendo en los territorios indígenas de Costa Rica. Nuestra admiración, nuestro respeto, nuestra solidaridad.¡Venceremos!

