Por Isaac Lerner, sociólogo y ensayista
Hay una pregunta que me ronda desde hace algunos días: ¿por qué somos capaces de imaginar una megacárcel, pero nos cuesta tanto imaginar una megaescuela?
No es una pregunta contra las cárceles. Una sociedad necesita mecanismos de justicia, instituciones capaces de proteger a sus ciudadanos y espacios donde quienes cometen delitos cumplan las penas que establece la ley.
La pregunta es otra: ¿por qué nuestra imaginación parece alcanzar dimensiones gigantescas cuando se trata de encerrar, pero rara vez alcanza esas mismas dimensiones cuando se trata de educar, prevenir, formar o integrar?
Quizás la respuesta sea incómodamente sencilla: pensamos en megacárceles porque no hemos sido capaces de pensar en megaescuelas. Porque tampoco hemos aprendido a pensar en megacultura.
Michel Foucault dedicó buena parte de su obra a estudiar la relación entre castigo, disciplina y poder. En Vigilar y castigar, mostró que la prisión moderna no puede entenderse únicamente como un edificio donde se encierra a quienes han cometido un delito. La cárcel forma parte de una forma más amplia de organizar, clasificar, vigilar y disciplinar a los individuos.
Pero hay algo particularmente interesante en Foucault: la escuela también aparece dentro de esa genealogía de las instituciones disciplinarias. No porque una escuela sea una cárcel —sería absurdo afirmarlo—, sino porque ambas forman parte de instituciones que históricamente han organizado cuerpos, tiempos, conductas y aprendizajes. La diferencia fundamental está en aquello que esperamos producir con cada una: Una cárcel recibe a quien la sociedad ya decidió separar. Una escuela debería recibir al niño antes de que la sociedad llegue a separarlo.
Émile Durkheim, uno de los padres de la sociología, entendió que el delito no podía estudiarse únicamente como una suma de decisiones individuales. El crimen también revela algo sobre la sociedad en la que ocurre: sus normas, sus vínculos, sus tensiones y sus fracturas.
Por eso podemos preguntarnos cuánto cuesta construir una prisión, cuántas personas caben dentro y cuántos años de condena puede administrar. Pero hay otra pregunta, mucho menos espectacular y bastante más difícil: ¿cuánto cuesta evitar que una persona llegue hasta esa puerta?
La dificultad está, precisamente, en que una cárcel se puede inaugurar. Una escuela se tiene que sostener. Una prisión tiene fecha de entrega. La educación exige décadas. Una megacárcel puede convertirse rápidamente en el símbolo político. Una megaescuela, en cambio, obliga a hablar de docentes, nutrición, infraestructura, deserción, salud mental, familias, barrios, deporte, tecnología, lectura, arte, pluralidad de pensamiento, cultura (…) Es decir, obliga a hablar de algo mucho más complejo: de una sociedad completa.
En ello, considero que una sociedad que ofrece pocas posibilidades para construir identidad, pertenencia, cultura, educación y un proyecto de vida no debería sorprenderse cuando el crimen organizado, el narcotráfico o las bandas aparecen ofreciendo algunas de esas mismas cosas bajo otra lógica: dinero, reconocimiento, protección, pertenencia e identidad.
El problema más profundo ni siquiera está en la falta de escuelas. Está en aquello que hemos decidido convertir en símbolo de nuestra respuesta al fracaso social. Cuando una sociedad comienza a imaginar la megacárcel como su gran proyecto frente a la criminalidad, conviene preguntarse qué está celebrando realmente.
El castigo tiene una ventaja política que la educación, la cultura o la prevención nunca tendrán: se puede exhibir. Una cárcel tiene muros, celdas estadísticas frías como barrotes Puede inaugurarse frente a cámaras y convertirse en una imagen fácil de comprender. Es más sencillo medir la cantidad de celdas construidas que medir la cantidad de vidas que el Estado fue incapaz de acompañar antes de que fueran capturadas por la violencia.
Tal vez por eso la megacárcel resulta tan atractiva políticamente. Porque ofrece una imagen de acción inmediata frente a problemas que requieren respuestas lentas, incómodas y sostenidas. Una sociedad no debería sentirse orgullosa de necesitar una megacárcel. Debería sentirse obligada a preguntarse qué fracasos acumuló para llegar a necesitarla.

