¿Por qué temen a Villalta?

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José María Villalta junto a Luis Guillermo Solís representan la oposición contra el bipartidismo.
José María Villalta junto a Luis Guillermo Solís representan la oposición contra el bipartidismo.
José María Villalta junto a Luis Guillermo Solís representan la oposición contra el bipartidismo.

Luis Paulino Vargas Solís

La actual campaña electoral está quedando marcada por un elemento inédito: el ascenso, por completo inesperado, de un partido y un candidato considerados de “izquierda”. Cierto que la campaña de 2002 vio aparecer una tercera fuerza partidaria notable –el PAC- en lo que constituyó una novedad interesante, con importantes impactos sobre el esquema bipartidista entonces dominante. El PAC provocó algunos temores entre las élites del poder, pero jamás se le consideró realmente amenazante. No es el caso actual: hoy las élites se muestran, más que recelosas, realmente atemorizadas respecto de Villalta y el Frente Amplio.

Se intenta entonces identificar a Villalta con Hugo Chávez, a la vez que convertir la propuesta de su partido en una programa para “venezonalizar” Costa Rica. No lo ha dicho Villalta ni es algo que pueda desprenderse del programa que su partido ha hecho público, excepto mediante un retorcimiento realmente violento de sus planteamientos. Pero ésa es, sin embargo, la construcción mediática que está en proceso de elaboración en estos momentos. Y es, en todo caso, la apuesta del poder económico, político y mediático: construir un mamarracho ideológico que asimile a Villalta con Chávez.

Para empezar, parece que las propias élites se lo están creyendo, según se hace evidente en el agudo desasosiego que las domina. Sus propios fantasmas las asustan. Ello tiene su importancia: genera un factor de cohesión que conjunta a quienes, de otra manera, podrían andar a los pescozones en disputa de tanto negocio tentador que por ahí pulula. En ese ambiente de noche de brujas y curas sin cabeza, el ganador podría ser Johnny Araya, sujeto del cual esas élites –sobre todo las del poder económico- han desconfiado puesto que jamás lo han visto como de “los suyos”. Pero ahora podría resultarles un “menos malo” aceptable.

Pero, desde luego, el mamarracho ideológico en proceso de construcción está concebido con arreglo a un objetivo prioritario: asustar al electorado para convencerlo de que no debe votar por Villalta. Dependerá de cómo evolucionen las cosas. Si continúa el ascenso de Villalta y el declive de Araya, pudiéramos ver consolidarse alianzas entre la derecha religiosa (la de la moral cavernaria) y la derecha neoliberal (la del gran poder económico), conjuntadas en sus temores y odios hacia Villalta. También podríamos ver en ejecución un plan de intimidación a gran escala, desplegado por todos los medios de comunicación más poderosos durante los días previos a las elecciones del 2 de febrero de 2014. Ya hay un antecedente clarísimo: la campaña de terror ejecutada en vísperas del referendo de octubre 2007 sobre el TLC.

El mamarracho ideológico nace de una operación de bricolaje torpe y arbitraria: conjunta fantoches ideológicos construidos alrededor de la figura de Chávez, cadáveres ideológicos desenterrados de las ruinas de la guerra fría y falacias ideológicas acerca de la presunta bondad e inevitabilidad del proyecto neoliberal vigente.

Aducir que en algún momento Villalta, o personas cercanas a él, mostraron alguna simpatía hacia Chávez para entonces concluir que es un “chavista” que querrá hacer de Costa Rica lo que Chávez ha hecho en Venezuela, es una operación ideológica que, por arbitraria y forzada, resulta realmente vulgar. El caso es que, en diferentes momentos, Lula, Dilma, Mujica, Cristina, además de Evo o Correa –entre otros personajes suramericanos de primer nivel- se expresaron en términos positivos respecto de Chávez. O sea: Villalta está en muy buena compañía. Pero sobre todo es claro que, independientemente de lo que cada quien haya dicho respecto de Chávez, cada quien asimismo ha impulsado en su propio país un curso de acción que comparte algunos elementos, y difiere en muchos otros, de lo que Chávez hizo en Venezuela.

Las experiencias suramericanas recientes son tan complejas como diversas: hay similitudes –sobre todo su opción por la justicia social y la equidad- y muchas diferencias, de acuerdo a las particularidades de cada contexto histórico y sociocultural. La experiencia venezolana misma, bajo el liderazgo de Chávez, no puede ser atrapada en ninguna fórmula simplista y maniquea. Ni la opción apologética por la que algunos optan ni la demonización a que otros recurren, pueden dar cuenta satisfactoria de un proceso que ha tenido fallas y errores, como también logros importantes. No se olvide que, en medio de los actuales problemas económicos, Venezuela es, sin embargo, un país muchísimo más igualitario y equitativo que Costa Rica. Y es posiblemente cierto que lo que ha sido su mayor fortaleza, sea hoy su peor debilidad: la centralidad carismática y autoritaria asumida por la figura de Chávez.

Villalta podría simpatizar con Chávez pero igualmente podría simpatizar con Lula o Dilma, con Evo, Correa, Cristina o Mujica. No lo sé; habría que preguntárselo a él. Pero eso es por completo secundario. Sobre todo es importante la vigencia de un fondo cultural, histórico y político que, en parte al menos, es compartido: es algo así como una fuerza telúrica acumulada en lo profundo de las sociedades latinoamericanas a lo largo de la historia de nuestro continente. Esa es también la fuerza motriz que posiblemente está detrás de los procesos latinoamericanos de los últimos 10 a 15 años. De ahí que todos estos tengan algo en común y sean, al mismo tiempo, cada uno peculiar, distinto e irrepetible. Pero por ello mismo resultan tan mortificantes para las élites neoliberales del continente: porque éstas han renunciado a las raíces históricas sobre las que se levantan estas sociedades, y, arrodilladas y sumisas, beben de los menjurjes ideológicos destilados por el capitalismo opulento del norte.

Me sospecho que ni Villalta ni el FA son de “izquierda” en la acepción tradicional del término, que es también la que está siendo utilizada para levantar la campaña del miedo y construir un mamarracho ideológico. Lo suyo es posiblemente mucho más complejo y de alguna manera devuelve a Costa Rica a la corriente histórica latinoamericana, de la que las élites neoliberales intentaron sacarla. Pero la cuestión va un paso más allá: porque Villalta es, por diversas razones, el candidato que mejor recoge las corrientes profundas del cambio sociocultural que –en relación con el género, las familias, la educación, la vivencia de la fe, las sexualidades, las juventudes y las identidades, entre otros asuntos de similar importancia- revolucionan el paisaje de la sociedad costarricense actual. De ahí que estamparle la marca de “izquierda” en sentido tradicional, no sea más que una burda operación de etiquetamiento.

Nada de esto garantiza que ni Villalta ni el Frente Amplio estén preparados para gobernar. Hablo aquí de algo diferente: me refiero a las razones por las que el liderazgo de Villalta crece y gana fuerza, especialmente entre la gente joven.

De modo que, en efecto, sí hay razones para que las élites teman. No porque Villalta sea de “izquierda” ni “chavista” sino porque representa las fuerzas renovadoras que se mueven en lo profundo de la sociedad costarricense.

Publicado en el blog del autor  Soñar con los Pies en la Tierra

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