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La señora diputada y demás secuaces que se han dado gusto rasgándose las vestiduras porque el presidente de la República no mencionó el nombre de Dios al juramentar a los futbolistas de la Selección Nacional de fútbol, se encuentra muy a gusto con que su compañero de fracción tampoco suelte prenda y obstaculice en la comisión legislativa correspondiente,  cualquier investigación hacia su propio partido con respecto al no pago de los dineros que les deben tanto a familiares como a la encuestadora que tal como hizo el apóstol Pedro con Jesús, negó más de tres veces que trabajaba para ellos y ahora les está cobrando ₡18.000.000 por seis trabajos.

¡Más barato ni en San Gil!

Mientras que por un lado se atribuyen la potestad de jugar con los Derechos Humanos a placer y conveniencia de sus intereses, por el otro demuestran de qué mala madera están hechos.

Si tanto les preocupa que en las juramentaciones se mencione el nombre de Dios, que por cierto dice:

“¿Juráis a Dios y prometéis a la Patria, observar y defender la Constitución y las leyes de la República y cumplir fielmente los deberes de vuestro destino?”

Después del consabido:

-“Sí, juro”-.

-Si así lo hiciereis, Dios os ayude, y si no, El y la Patria os lo demanden”.

¿Por qué no comenzar por poner en práctica lo que según ellos pasan predicando?

Obviamente, a los restaurados les resulta más fácil y conveniente desviar la atención de las diversas acusaciones por no cancelación de deudas contraídas durante la campaña electoral, dirigiendo la atención de los fanáticos hacia el temor de que Dios desaparezca del todo si no se le menciona para una competencia deportiva; que cancelar lo que deben.

En realidad, son ellos quienes han tomado como deporte y según las pruebas a las que se puede remitir con los testimonios de sus allegados, quienes les han desenmascarado como lo que siempre han sido: meros mercaderes de la fe.

Si usted todavía confía en los restaurados, tenga por seguro de que la palabra Dios, siempre va a  aparecer como herramienta lingüística  decorativa de sus contratos para mencionarlo en vano cuando les responden a sus acreedores: “Que Dios se lo pague”.

El partido que se jactó de ser el único que tenía las manos limpias, ha dejado limpios a sus acreedores, más limpios que pechera de monja.

Habrá que esperar la siguiente campaña electoral para corroborar cuántos de los que les creyeron ungidos, prístinos y diáfanos; volverán a votar por ellos.

De momento, siguiendo la característica sabiduría de antaño, cualquiera que desee hacer negocio con los restaurados, deberá recordar aquello que decían nuestros abuelos:

“Sí creo Padre, pero no me la trago”.

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