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En la pantalla se ve una planicie donde hay tres vallas publicitarias destartaladas. Muy poca gente pasa por ahí pero igual, Midlred Hayes decide alquilar los tres espacios para poner carteles. El color de los carteles es de rojo vivo y la letra negra. El primero cuenta que a su hija, Angela, la violaban mientras moría. El segundo dice que todavía no hay arrestos. El tercero le reclama directamente al sheriff del pueblo, Bill Willoughby, ¿por qué, Willoughby?

El pueblo amó y odió, a la vez, las acciones de Mildred Hayes.

Es Frances McDormand quien le da vida a Mildred en Tres Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, (Tres anuncios por un crimen). Por su papel ganó el Oscar como mejor actriz y cuando subió al escenario quiso, en sus propias palabras, poner las cosas en contexto. La industria cinematográfica pasa por un momento crítico en donde se ha ido revelando su verdadera identidad como una industria llena de acoso y abuso sexual. McDormand le pidió a todas las mujeres nominadas al Oscar que se pusieran de pie. No había mejor manera de representar el talento femenino que hay en la Academia que visualmente.

Durante la marcha del 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, miles de mujeres y hombres conmemoraron la lucha de años por los derechos de las mujeres. Al amanecer, las paredes de varias iglesias y del Museo Nacional estaban llenas de graffiti y el país entró en una pequeña revuelta. Las redes sociales hirvieron con el enojo digital de rutina. Para muchos, parecía que el país había sufrido su primer ataque de vandalismo en la historia. Tal vez porque no eran graffitis celebrando a la Sele.

En poco tiempo, más rápido de lo usual, limpiaron las paredes ultrajadas. Y, ¿si los grafiteros hubieran sido hombres? ¿Cuánto escándalo hubieran causado? Y, ¿si el grafiti hubiera dicho rica mi amor? No sería nada diferente de lo que estamos acostumbrados. Sólo falta caminar un par de cuadras para ver otro montón de paredes con graffiti. Lo más probable hubieramos buscado otra cosa mala de la marcha.

La marcha, y cualquiera otra demostración por los derechos de las mujeres, es más que un reclamo, es una crítica y no destructiva, sino constructiva: hay que abrir los ojos. Pero, cuando nos critican, especialmente en temas de identidad nacional, nos incomodamos lo suficiente como para tratar de esconder la verdad.

Cada 8 de marzo más y más mujeres y hombres saldrán a marchar. Puede ser que rayen más paredes y sí, puede ser que el escenario sea aún más grande. No nos escandalicemos por eso si no nos escandalizamos por otras cosas.

Al igual que Tres anuncios por un crimen, el graffiti está, y estará, ahí para recordarnos que hay algo que no estamos haciendo bien. Hay un problema y no es el graffiti. Está ahí, aunque hayan repintado las paredes, la verdad de Costa Rica.

Sí, vandalizar las paredes de cualquier edificio es inaceptable. Pero no es la primera vez que vandalizan una pared, ni de una iglesia, ni de un museo. También es inaceptable que los medios de comunicación no llenan sus titulares con indignación cuando vandalizan los templos indígenas y les prenden fuego. Ni cuando el tubo de metal desbarataba el cráneo de Rita de los Ángeles, de 26 años. O cuando a Mariana, de 36 años, el esposo le cortó el cuello. O Maritza, de 25 años, quien estaba embarazada y apareció en un río.

Habría que ver si, al poner sus cuerpos uno al lado del otro en media calle, las quitan igual de rápido que al graffiti. La mejor manera sería representarlo visualmente. Por ahora, tal vez, vale la pena poner un cartel enorme, de fondo rojo, con letras negras, preguntando ¿por qué, Costa Rica?

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