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Por Steve Aronson*

Hace cuarenta y un años decidí junto a mi esposa hacer de Costa Rica mi hogar y criar aquí a nuestra familia, que hoy consta de cinco hijos y quince nietos.

Costa Rica me atrajo personal y profesionalmente por su Contrato Social. Me sorprendía el ver que los hogares más acomodados tenían como vecinos a otros más humildes, los campesinos eran tratados como “don” y “doña”, y los servicios de salud y educación resultaban accesibles para todos. Era palpable el orgullo por ese respeto y calidad de vida obtenidos gracias a un generoso espíritu de comunidad.

La familia, la solidaridad y la paz eran entonces los puntos fuertes de este pequeño país que, además, ocupaba una posición de privilegio como productor del café más fino y mejor cotizado de Latinoamérica, no por las bondades del clima, sino por las de su gente.

Más adelante, cuando Costa Rica desempeñó un papel destacado en el restablecimiento de la paz en Centroamérica y mostró la forma de valorar y preservar sus recursos naturales, su prestigio mundial se elevó sustancialmente por encima de sus cincuenta y un mil kilómetros cuadrados y sus cuatro millones de habitantes.

El mundo descubrió la Costa Rica donde yo había decidido hacer mi hogar.

Como si fuera un amor a primera vista, el mundo entero cayó rendido a los pies de este país y su marca fue ejemplo e imán que atrajeron turismo, puestos de trabajo, reconocimiento internacional y una intensa demanda de sus productos y su gente.

Pero, al igual que el amor hacia una marca, el respeto por un país es un activo frágil. Depende casi por completo de las percepciones y, lamentablemente, cuando estas cambian para mal, difícilmente se retorna al punto de partida.

Ninguna empresa y muy pocos consumidores quisieran verse asociados con un país en el que se pierde el respeto por los derechos humanos, o que impone un punto de vista y sataniza a los que no están de acuerdo con él.

Siempre he vivido en el mismo pueblo herediano y conozco hasta a los nietos de mis vecinos. Ellos, como yo, están confundidos y conmocionados por una campaña política que, en lugar de concentrarse en las finanzas públicas, el transporte, las escuelas, la seguridad, la pobreza, y el empleo, está dominada por debates estériles y a menudo intolerantes sobre cuestiones morales, en un país cuya tradición democrática ha sido acoger fraternalmente a personas de muchas edades, etnias, credos, capacidades físicas y orientaciones sexuales, y acrisolar el valor de su diversidad.

Este principio del ser costarricense es aplicado por Franklin Chang. Él me ha explicado que la solución para superar las altas temperaturas del motor de su cohete es utilizar materiales con imperfecciones, pues la diversidad es más fuerte y resistente que la uniformidad.

Esta iniciativa tiene todas las señales del tipo de diálogo que ha caracterizado a Costa Rica, pero mucho me temo que se queden en el papel.Por ejemplo, el 20 de junio pasado, nueve partidos políticos y representantes del empresariado firmaron el “Acuerdo Nacional por la Costa Rica Bicentenaria”, con vistas a encarrilar el país hacia un futuro mejor, quitando las trabas del sistema que impiden su crecimiento y desarrollo armonioso, y apoyando los proyectos que cuentan con el aval de la mayoría.

Por ello, ahora quiero referirme a un daño más profundo si seguimos así: me refiero al que sufriría nuestra marca país. El perjuicio a nuestra imagen dañaría no solamente al turismo y la atracción de inversiones, sino también a nuestros productos icónicos de exportación como el café y el banano, y pondría en peligro el empleo de los cien mil ticos que laboran en zonas francas. Ninguna empresa y muy pocos consumidores quisieran verse asociados con un país en el que se pierde el respeto por los derechos humanos, o que impone un punto de vista y sataniza a los que no están de acuerdo con él.

No estoy abogando por uno u otro candidato. Abogo porque cambien su discurso y enfaticen en esta segunda ronda los temas que son realmente importantes, tales como la crisis fiscal, cómo lograr prosperidad para todos, el papel del Estado, el transporte, y la mejora de la educación. El sueño es que encuentren una solución a la tica de solidaridad y unidad y escojan a las personas más preparadas independientemente de su partido.

Hace unos meses, nuestra Asociación Cultural Teatro Espressivo (ACTE), celebró el 120 aniversario del Teatro Nacional con una obra internacional titulada “Battlefield”. En ella se plantea una pregunta tan simple como compleja: ¿cómo se puede gobernar un país cuando el campo de batalla está lleno de muertos?

Nadie gana en una guerra. Todos perdemos por igual. Si no enrumbamos a Costa Rica por el camino correcto, el presidente que elijamos será el ganador de las elecciones, pero Costa Rica será la gran perdedora en este combate sin sentido y sin futuro.
*Empresario, , Fundador del Grupo Britt. (steve@espressivo.cr)


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