Dejamos nuestra voluntad inoperante en las manos de quienes erradamente o no, toman las decisiones nacionales cada cuatro años de elegir a las autoridades que nos han de gobernar, bien o mal eso no viene al caso, gobernarán los que no quisimos elegir y somos participantes directos de ese hecho, nos guste o no nos guste, estemos o no estemos de acuerdo, no involucrarse en la política es dejarle las manos libres a quienes si se involucran, después con ayes lastimeros decimos que nosotros no hemos votado por fulano o mengana o perencejo.

Si los costarricenses hubiéramos sido menos pusilánimes, tendríamos un estado general de la cosa pública muchísimo mejor, pero con aquel bicentenario “dejar que se aclaren los nublados del día”, hemos deteriorado nuestra democracia, hemos lesionado nuestro estado de derecho, hemos destruido nuestra sacra institucionalidad, y encima, nos quejamos aludiendo que son otros quienes con mano torpe han llevado las riendas del poder, abusando de éste y haciendo las más de las veces lo que les da la gana.

¿Cómo podemos oponernos a ciertas medidas disparatadas de un o una presidente si no tuvimos el valor de participar (a favor o en contra) en su elección? Hayamos votado a favor o en contra, hemos puesto a quien sea en la presidencia, pero cuando no participamos cometemos un acto criminal contra la democracia: negligentemente dejamos a otros tomar las decisiones nuestras para después quejarnos, cual Magdalena rediviva, queriendo vindicar nuestra irresponsabilidad como ciudadanos y ciudadanas de un estado de derecho, si no nos hemos atrevido a participar de ese acto, sino hemos sido simples testigos mudos de la elección, pero no menos culpables.

Aburre el perenne lloriqueo de cada cuatro años, donde al menos cuarenta y dos meses hemos pasado criticando o escuchando criticar. Inmadurez, ese es el término que nos define, queremos salvar nuestro voto no emitiéndolo, lo peor es que creemos ser inocentes porque no participamos en política, o porque el día de las elecciones nos quedamos en la casa creyéndonos a salvo de nuestra responsabilidad histórica, siendo que dejando a otros decidir por nosotros, ya somos responsables completamente, lo aceptemos o no lo aceptemos.

 

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