Confieso que al principio sentí que él se estaba metiendo en un terreno que yo manejaba “mejor”. Me sorprendí a mi misma sintiéndome menos indispensable de lo que yo creía.

Con el paso de los años me fui acostumbrando a ceder espacios domésticos que por socialización había integrado como míos por “naturaleza”: el cuido de nuestra hija, la limpieza y orden de la casa, la lavada de platos y ropa y su respectiva aplanchada, las compras…, mi esposo se metía en todo y yo aprendí compartir las tareas de la casa con él.

No me había dado cuenta de lo atípicos que éramos, sino hasta un día cuando mi esposo me contó que había sufrido de una agresión muy desagradable por parte de una señora en la piscina.

Yo salía del trabajo tarde y no me daba chance de llevar a nuestra hija a clases de natación. Como de costumbre mi esposo asumió con naturalidad llevarla él mismo, pero ¡oh desventura!, ¿Cómo hacer para cambiar a la chiquita en los vestidores? En ese tiempo ella tenía solo 6 añitos y necesitaba nuestra ayuda para vestirse.

A él le pareció absolutamente lógico entrar al vestidor de las mujeres para cambiar y duchar a la niña, pero una mamá muy enojada le gritó cuatro al verlo y le dijo que él no debía estar ahí, que se fuera a cambiar a la chiquita al vestidor de los hombres. Mi esposo no le hizo caso y le dijo que estaba totalmente fuera de discusión cambiarse de vestidor, nuestra hija tenia igual derecho que la suya de ponerse el vestido de baño y ducharse en el vestidor de mujeres.

Más allá de lo banal que pueda parecer esta anécdota, existe una pregunta de fondo ¿Qué lugar existe en nuestra sociedad para un hombre que quiere ejercer activa y públicamente su rol de padre?

Ante los ojos de otros hombres, a ese pobre le canta la gallina y ante los ojos de algunas mujeres se está metiendo en un espacio que no le corresponde.

Hay preguntas tan básicas que aun no hemos resuelto como: ¿En cuántos baños para vorones hay mesitas para cambiar pañales? ¿Por qué solo la mujer disfruta de la incapacidad por maternidad si tanto trabajadores como trabajadoras cotizan para ese rubro?

Si hay algo que yo aprendí junto a mi esposo, es que lo único que él no podía hacer era darle de mamar al bebé, por el resto, él me demostró ser tan capaz como yo.

Estamos lejos de romper con estereotipos que nos son inculcados desde nuestra más tierna edad: los hombres no lloran, los hombres viriles no cocinan, los machos no barren, las mujeres no trabajan fuera y si lo hacen tienen que ver como hacen con el cuido de los güilas y asegurar el buen funcionamiento de la casa, así esto signifique dos jornadas de trabajo en un mismo día.

Hay sociedades como la islandesa y los países escandinavos, que nos muestran cómo hacer, que nos dicen que hombres y mujeres para ser iguales deben completarse y complementarse, no oponerse, ni enfrentarse.

No se trata de una lucha de mujeres contra hombres, sino de hombres y mujeres contra estereotipos y roles que nos han cercenado y fragmentado a los dos, impidiendo a ambos disfrutar plenamente de todas las etapas y dimensiones de la vida.

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