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josemerinopresidente-del-fa_-_copiaPor José Merino del Río.

Don Oscar Arias recuerda hoy con satisfacción que hace 25 años se firmó el Plan de Paz para Centroamérica. No le faltan razones, él jugó como Presidente de Costa Rica un papel destacado y fue premiado con el Nobel, a lo que habría que agregar la importancia de la paz alcanzada, aunque para algunos países terminaría siendo la paz de los cementerios con el crecimiento exponencial del crimen organizado y de la violencia generalizada.

No habla, sin embargo, el Expresidente de la sobrevivencia y la persistencia de un modelo de poder político y económico convertido en una fábrica de desigualdad y de miseria, que hace de Centroamérica una de las regiones más pobres de la Tierra con más de la mitad de sus habitantes viviendo una vida de penurias y sin esperanza de mejorar en el futuro.

Los pueblos centroamericanos se alzaron en armas no sólo para enfrentar a las sangrientas dictaduras oligárquicas y militares, también por todos los derechos humanos que durante siglos les fueron conculcados y especialmente por la justicia social, para poner fin al hambre y a las terribles necesidades vitales acumuladas.

Esas dictaduras fueron impuestas y apoyadas sin excepción por los distintos gobiernos de los Estados Unidos, así como por sus transnacionales como en el caso de la United Fruit Company. Estudiése la historia de las dictaduras más sangrientas como la de Ubico en Guatemala, la de Maximiliano Martínez en El Salvador, la de Tiburcio Carías en Honduras o de la Anastasio Somoza en Nicaragua, para entender la génesis y la reproducción de un sistema genocida en Centroamérica donde fueron reducidos a cenizas los derechos humanos fundamentales.

Contra esas situaciones de extrema inhumanidad se alzaron en armas los pueblos, en países donde la democracia nunca ha existido salvo en cortísimos momentos coyunturales.

Sólo en Nicaragua triunfó una revolución, aunque la esperanzadora expectativa de la Revolución Sandinista fue tempranamente interrumpida y truncada por una contrarrevolución armada y financiada por el Gobierno de los Estados Unidos y sus diversas agencias de intervención y de subversión, que no vacilaron en recurrir al narcotráfico para llenar las arcas de los grupos contrarrevolucionarios. No se le dió a la Revolución Sandinista ni la mínima oportunidad para llevar exitosamente adelante sus proyectos políticos, económicos, sociales y culturales para levantar las condiciones de vida del pueblo nicaragüense, aunque logró llevar adelante un extraoodinario proceso de educación y de alfabetización, un reparto de tierras a campesinos y cooperativas , un regimen de libertades como nunca en su historia había conocido Nicaragua.

Los movimientos armados de El Salvador y de Guatemala iniciaron procesos de desarme y de negociaciones que llevaron a la firma de importantes garantías democráticas para los movimientos insurgentes, que hicieron posible acuerdos de paz. En Honduras una lucha armada de grupos minoritarios era controlada por un régimen que había convertido el país en una base militar estadounidense y en retaguardia segura de la contrarrevolución, que sí tuvo finalmente que aceptar la desmovilización y el desarme.

Costa Rica que había apoyado masivamente la lucha del sandinismo contra la dictadura de los Somoza, sin embargo tampoco pudo resistir las presiones estadounidenses y pronto se convirtió en zona de operaciones de la contrarrevolución contra la Revolución Sandinista.

La firma de la paz fue importante y abrió caminos frágiles hacia transiciones democráticas, que no tocaron, sin embargo, un pelo a los intereses de las oligarquías de la región y de los Estados Unidos, situación que después de 25 años persiste y en algunos casos se ha agravado.

En Guatemala, Honduras y El Salvador mueren hoy más personas que durante los años de la guerra civil. Ahora es una guerra criminal que le cuesta la vida cada año a miles de personas.

La historia de sufrimiento y dolor de los pueblos centroamericanos continúa. Ahora es la guerra económica que los de arriba llevan a cabo contra unos pueblos eternamente castigados. A ellos, a las cien mil víctimas de la guerra, es que habría que dedicar no un premio, sino un mínimo esfuerzo de solidaridad y de fraternidad para ayudar a sacarles del infierno.

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