Por José Merino del Río.
La ministra del COMEX, Anabelle González, justifica todos los teleces firmados por Costa Rica y las giras presidenciales en la que el COMEX ha sustituido a la cancilleria, por la necesidad de traer inversión extranjera al país a cualquier precio.
¿Quién puede estar en nuestros tiempos en contra de la inversión extranjera? Sin embargo, no es oro todo lo que reluce.
Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de Naciones Unidas, advirtió que la repatriación de utilidades de las empresas que invierten en nuestro Continente se habían cuadruplicado, al pasar de 20 mil millones a 84 mil millones de dólares anualmente.
Habría que preguntarse ¿quién financia a quién entonces? La intensa propaganda oficial del COMEX, del INCAE, de CINDE y de otros centros de la política neoliberal, repite que hay que traer inversión extranjera, casi a cualquier precio, sin informar debidamente que es lo que Costa Rica da a cambio, en exención de impuestos, en mano de obra, en abastecimiento de agua y de energía, en estabilidad política y social, etcétera.
La posición dogmática y hasta fanática de Anabelle González y su equipo, les empuja a ver la inversión extranjera directa fundamentalmente como un fin, y no como un medio para el desarrollo del país. Estas personas suelen estar más preocupadas por la suerte que corra la empresa extranjera que por su inserción en la economía y en la sociedad costarricense.
Si llevamos quince años con un aumento incesante de la desigualdad social, con un estancamiento de la pobreza y con una creciente pauperización de las capas medias, miran para otro lado. La culpa la tienen el Estado y el país que no aplican con rigor las recetas del FMI y los mandamientos del Consenso de Washington.
A veces es algo peor que el dogmatismo, se trata sencillamente de negocios y de menosprecio de Costa Rica, como vimos durante el proceso del TLC. La transnacionalización de la economía, también ha conducido a la extranjerización de las conciencias y de las costumbres, a la perdida de arraigo y a ver a la patria con signo de dólar.
No se trata entonces de traer cualquier inversión a cualquier precio, sino priorizar aquella que responda mejor a los objetivos sociales y economómicos del país. Pero para ello tiene que haber políticas públicas vigorosas y activas, con sentido patriótico, y eso hoy no existe.
El colmo de la vergüenza es que por medio de las concesiones de aeropuertos, puertos, carreteras, pretenden que el pueblo de Costa Rica financie las utilidades, todavía más, del inversor extranjero.
En medio de la crisis global que vive el capitalismo, hay que exigir al Gobierno que la inversión extranjera venga a reforzar el ahorro interno y no a socavarlo, que transfiera conocimiento y tecnología, que cree trabajos dignos y bien remunerados, encadenamientos productivos que permitan el desarrollo de la pequeña y mediana empresa nacional, que contribuya más solidariamente con el fisco nacional.
Nos dirán, como tantes veces, que eso es imposible, que es una locura, pero ya estamos hartos de su "realismo" que engorda a los de siempre y además robando cada vez más.