OPINIÓN: la crisis ideológica y moral del empresariado costarricense

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Ronald Jiménez presidente UCCAEP
Ronald Jiménez presidente UCCAEP

Luis Paulino Vargas Solís

Tomo como punto de partida y referente ilustrativo una nota publicada en La Nación con el título “Empresarios piden al Gobierno decretar emergencia nacional por desempleo” (27-1-2015). Quienes así hablan lo hacen a nombre de todo el empresariado costarricense, lo cual es evidentemente falaz. Sin duda alguna esas voces no representan al amplísimo ejército de micro y pequeñas empresas de Costa Rica. Hecha esa salvedad, quede claro por favor que esta crítica se enfoca exclusivamente en esos sectores empresariales de cúpula, cuyos intereses dominan la agenda y el discurso de la UCCAEP.

La mencionada crónica periodística informa que se le solicita al gobierno “…señales prontas y claras para aumentar la confianza de los empresarios”, cuando al mismo tiempo se critican como contraproducentes la situación del déficit fiscal, el levantamiento del veto a la reforma procesal laboral y “la falta de acciones” que reduzcan el precio de la electricidad. Enfatizo, sin embargo, que este es, tan solo, un episodio más dentro de una larguísima y lacrimógena telenovela, en la que los amargos plañidos empresariales se entreveran con la reiteración incansable de las mismas exigencias.

Celebremos que el empresariado hable de empleo. Todo un avance, puesto que estas élites y sus ideólogos-economistas insisten en que el único problema económico importante es el fiscal. Mas esto no cambia el problema de fondo: ese empresariado sigue dando signos de que, como clase propietaria económicamente dominante, es sin embargo un sector incapaz de liderar el desarrollo capitalista de Costa Rica. Uno lo observa, por ejemplo, en la facilidad con que empresas nacionales de larga rayectoria (el ejemplo más reciente es Ópticas Visión, pero sería fácil

Otra empresa nacional que pasa a manos extranjeras

construir una larguísima lista) son entregadas en manos de capitales extranjeros. En el caso que aquí nos ocupa, y frente a una situación evidentemente problemática, es obvio que el empresariado ni está dispuesto a hacer sacrificio alguno –como correspondería a un sector que, en lo personal y familiar, goza de una muy holgada situación económica- ni es capaz de aportar una sola propuesta de medio ver.

Cuando el empresariado señala la reforma procesal laboral como un factor que estaría incidiendo en el debilitamiento de la economía, con ello ofrece un diagnóstico por completo carente de sustento empírico, puesto que el levantamiento del veto de esa ley es asunto muy reciente, mientras que la atonía económica viene de mucho tiempo atrás. Cuando reitera la exigencia de rebajar las tarifas eléctricas lo hace a sabiendas de que a corto plazo la única forma de hacerlo es, o bien desfinanciando al ICE y poniendo su contabilidad en rojo –lo que obligaría a cancelar inversiones con consecuencias futuras muy dañinas- o bien mediante un “rebalanceo” que incremente la tarifa residencial (la que se cobra a las familias) para reducir la que pagan las empresas, lo cual sería obviamente injusto y podría desatar un estallido social. Aparte que, por otro lado, no hay ninguna evidencia convincente que respalde la cantinela histérica según la cual las tarifas eléctricas en Costa Rica son particularmente elevadas. En general, la información disponible sugiere justo lo contrario, con lo cual se agregan más dudas en relación con la seriedad de esos planteamientos empresariales.

Lo cierto es que la mala situación económica actual está muy relacionada con diversas decisiones de política en las cuales el empresariado ha tenido mucho que ver, lo que les hace corresponsables de aquello mismo que deploran. Por ejemplo: una de las razones detrás de la pérdida de competitividad de que ese empresariado se queja, tiene que ver con las graves deficiencias que arrastra la infraestructura de transportes en Costa Rica. Esto, a su vez, se origina en políticas de restricción de la inversión pública que empezaron a aplicarse –con total apoyo empresarial- desde mediados de los años ochenta del pasado siglo. Esas políticas, inspiradas en una ideología anti-estatista chata y mezquina, son de la misma naturaleza de las que ahora exige ese empresariado a propósito del problema fiscal. Hoy, como treinta años antes, se insiste en aplicar tijera y machete, en vez de promover un esfuerzo serio que mejore la calidad y eficiencia de los servicios e instituciones públicas.

Deberían además reconocer que urge una reforma tributaria de fondo, que incremente los ingresos públicos y que se diseñe desde criterios mínimos de equidad. Lo cual supondría un ejercicio mínimo de responsabilidad ciudadana por parte de esos empresarios: para cumplir como es debido con sus obligaciones tributarias, y para reconocer que en todo momento -y en especial en momentos de apuro y dificultad- quienes más tienen deberían aportar más. Y, sin embargo, pareciera obvio que este sector carece hoy de esa estatura ética y republicana.

Es especialmente llamativa la omisión empresarial en relación con la situación del tipo de cambio y las tasas de interés. O, por lo menos, la omisión por parte de las dirigencias de la UCCAEP, reconociendo que otros sectores vinculados a la exportación y el turismo, menos influyentes y poderosos, sí han expresado preocupación sobre el tipo de cambio. Es una situación ampliamente ventajosa para el negocio bancario –y secundariamente para el comercio importador- pero que tiene serias implicaciones negativas para la producción y la generación de empleos. Esto seguramente evidencia que los intereses de los distintos sectores empresariales no son homogéneos, y que algunos de esos intereses –los de las finanzas más que cualquier otro- son hoy los que están predominando. Con grave menoscabo para algunos otros, por cierto. Lo cual tan solo agrega nuevos interrogantes acerca del respeto que estas estridencias empresariales merecen.

Costa Rica vive hoy momentos especialmente difíciles. Según todas las trazas, la iniciativa que marque el rumbo para superar esta situación no vendrá de estos poderosos grupos empresariales. Otros sectores han de asumir el liderazgo si es que queremos salvarnos del abismo.

*El autor es Director del Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo de la Universidad Estatal a Distancia (UNED) y editor del Blog Soñar con los Pies en la Tierra.

 

 

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