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En la historia reciente de nuestro país pocos nos habían colocado en semejante encrucijada, dividiéndonos entre “pecadores” y “no pecadores” como si todos no lo fuéramos en menor o mayor medida en una restauración de las Cruzadas modernas.

A los restauradores de las Cruzadas les caracteriza el odio exacerbado a cualquiera que no piense como ellos o se niegue a idolatrar a su máximo representante.

De verdad lo consideran el “Ungido” de Dios y por lo tanto, con toda la autoridad para calificar o descalificar al que sea diferente a ellos.

Comparan a su dios de barro con grandes héroes de la Historia, convenciendo a los ignorantes de que esto se trata nada más y nada menos que una batalla entre David y Goliat.

En vez de esforzarse por aprender, se jactan de la ignorancia como si la misma fuera una cualidad de la que hay que enorgullecerse.

Los juicios sumarios que realizan sobre sus oponentes resultan tenebrosos atisbos de lo que nos espera como sociedad.

Lo peor está por venir: porque aunque el partido intolerante no resulte electo, el mal está hecho, tenemos a 14 de sus apóstoles entrenándose para comenzar a vestir con sus mantos blancos, cruces rojas y flamantes espadas.

Después de que lanzan dardos envenenados con odio, optan por guardar silencio, no asistir a debates y censuran la profesión que precisamente le dio de comer y el reconocimiento al Cruzado mayor.

El hecho de que hoy está a un paso de gobernar el país asistido por la cúpula de chacales que al quedarse sin ningún “hueso” que lamer y desenterrar con otros candidatos, se lanzan a prestar de manera “humilde y desinteresada” sus nobles servicios en aras de servir a la Patria; demuestra de lo que verdaderamente está hecho: nunca le importaron los que más le necesitaban.

Exacerbando el odio hasta el cansancio, los restaurados Cruzados han inflamado e discurso discriminatorio incrementando los ataques contra la población LGBTI y el bullying hacia la niñez y adolescencia, quienes en estas etapas tan vulnerables, sucumben ante la presión y el miedo de ser catalogado como “diferente, playo o lesbiana”.

En vez de sentir vergüenza por crear el caos lo disfrutan: empalan los Derechos Humanos de manera sanguinaria, se sienten uno con su líder, tanto así que optan por hablar en cuarta persona sobre él, ahora son “nosotros”.

De nada vale razones o pruebas, van y arrastran todo a su paso cual ignominioso tsunami de dechados de virtud.

Tergiversan todo, de modo que por cada ataque que lanzan contra alguna minoría, inducen a sus fanáticos a contrarrestar la defensa alegando que ellos son quienes más sufren ante la intolerancia y el odio.

La perversión es tal que no notan que prácticamente no queda nadie del equipo que les llevó a ostentar la posición y privilegios con los que hoy hacen y deshacen.

Monigotes de lo peor que guarda nuestra sociedad, han logrado hurgar los recovecos más profundos de lo “inmoral” para encadenarnos a todos por igual con los grilletes de la moralidad que ellos no practican.

Costa Rica ha entrado ya en un círculo de violencia hacia las minorías.

Es nuestra obligación como víctimas, empoderarnos, salir, no guardar silencio.

Ellos han ganado una batalla, no permitamos perder la guerra, estamos a tiempo.

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