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Hace 162 años nuestro querido Héroe Nacional, Juan Santamaría y para eterna memoria, realizó el mayor acto de valor que cualquier ser humano puede realizar por amor: ofrecer su propia vida para vencer a los enemigos que pertrechados y acorralados, se preparaban a usurpar nuestras libertades y derechos.

Juan Santamaría quemó el Mesón de Guerra en Rivas Nicaragua, defendiendo con valor a nuestro pueblo y al resto de hermanos centroamericanos que se encontraban en peligro ante la amenaza de los atacantes filibusteros.

Tomó la iniciativa, no permaneció indiferente, sabía que la Patria lo demandaba y se ofreció a quemar el lugar en el que se encontraban los enemigos, logrando lo que otros intentaron sin éxito.

Hoy, aunque ya no existen mesones de guerra por quemar, siempre tenemos nuevos enemigos desde diferentes flancos y trincheras que como sociedad, los enfrentamos día con día.

Muchos nos hartamos de la corrupción a la que nos habíamos acostumbrado. La veíamos tan normal que hasta nos catalogábamos como el país más feliz del mundo, pese a enfrentar tantos desaires, delitos y “affairs” por parte de los corruptos; después de tres días solíamos olvidarlo todo. Parecía que nada nos importaba. Hasta ahora.

Durante y después de estas memorables elecciones, el patriotismo ha salido fortalecido, con nuevos bríos y motivos para no volver a ausentarse de nuestro diario vivir.

Ser testigos del cariño, esfuerzo y empuje que tantas personas de manera desinteresada nos están ofreciendo para una sana y ejemplar democracia, se nota en cada detalle y actitud, la respiramos en el aire, en todo.

El pasado 11 de abril por ejemplo, la Asamblea Legislativa decidió por fin destituir al Magistrado que utilizó todo y a todos los que pudo para corromper de manera ignominiosa el alto cargo que ejercía y que le fue otorgado de manera sumaria. De manera expedita también lo perdió, saliendo por la puerta de atrás en una carrera que cualquiera desearía y habría aprovechado de la mejor manera. ¡Pero no! Él lo quería todo. Su ambición, tal como su ego, no tenían límites.

Todavía la noche anterior a su despido, volvió a usar todas las artimañas posibles para permanecer en el puesto que nunca mereció ni ejerció a cabalidad. 

Hoy, más que nunca, debemos estar conscientes de todos los filibusteros de este tipo y los mesones de Guerra que nos quedan por “quemar”.

Los mesones de la conformidad y la apatía hicieron campamento a placer durante muchos años en nuestra población; ahora, debemos erradicarlos para siempre y mejorar tanto nuestra calidad de vida como la de nuestra familia y comunidad. Son las principales vías para llevar a nuestro país hacia el progreso que tanto necesita y siempre ha merecido.

Las diferentes situaciones delictivas de nuestros funcionarios públicos y que antes soportábamos con una irresponsable indiferencia, han dado paso a la búsqueda de la verdad, los culpables y la debida condena que deben pagar por menoscabar las bases en las que está fundada nuestra envidiable democracia.

Hemos logrado salir a flote de la inmersión en el mar  de sopor y estado de semi-inconsciencia en el que nos encontrábamos, en donde ya todo nos daba igual.

La pasada campaña electoral sacó lo peor y lo mejor del pueblo costarricense, afortunadamente, supimos elegir.

Ahora con toda la potestad que nos otorga la libertad de conciencia y el Estado de derecho, podemos y debemos pedir cuentas claras a nuestros gobernantes. Para ellos, resulta una oportunidad única de devolvernos la fe que habíamos perdido en recuperar a nuestra amada Costa Rica, de la que siempre nos enorgullecíamos.

Hoy, al igual que el noble tamborcillo alajuelense, con la cabeza en alto demostramos que estamos dispuestos a realizar cualquier sacrificio para mantener incólumes tanto nuestros derechos como los ajenos.

La seguidilla de afortunados acontecimientos para impartir y recibir justicia por las vías establecidas para ello, nos devuelven las esperanzas.

Salir de la apatía no fue fácil, recordémosla solamente para no regresar jamás a ella.

Hoy, más que nunca, podemos y debemos gritar a los cuatro vientos:

¡Juan, no estás solo! ¡Tu sacrificio no fue en vano!

 

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