Imagen con fines ilustrativos. (MSP).


OPINIÓN | OBSED. Jueves 19 de enero de 2017, fecha para no olvidar nunca. Menos aún, para asumirla como si lo ocurrido ese día en Liberia fuera parte indiferente de la cotidianidad costarricense actual. Cinco estudiantes: cuatro de la Sede de Guanacaste de la Universidad de Costa Rica (UCR) y uno de la Universidad Técnica Nacional (UTN), murieron víctimas del más atroz asesinato, brutal, terrorífico, inaceptable.

No es de ninguna manera lícito cerrar los ojos, pasar de lado, no reconocer cuál es la realidad en la que estamos viviendo en Costa Rica. Como bien lo ha dicho una distinguida académica de la UCR: “comunidades muchas décadas en abandono, eso es lo que da pie para que ocurra cualquier cosa”. Contundente. Sabemos muy bien lo que ha venido sucediendo en la provincia de Limón desde hace ya mucho tiempo. Tenemos bien vívido el dolor por el asesinato vil del joven Jairo Mora. Sabemos lo que también viene ocurriendo en la parte sur de la provincia de Puntarenas.

Asesinatos inexplicables acontecen todos los días, a lo largo y ancho de toda la geografía nacional. Nos hemos ido acostumbrando a contemplar la muerte homicida y brutal, como si se tratara de un asunto normal. Esta situación está destrozando a la sociedad costarricense. Nos está destruyendo el tejido social tan necesario que se requiere para mantener el sentido de la comunidad y la confianza en la convivencia. Esta situación no podemos permitir que se siga naturalizando, expandiéndose y profundizando como lo está haciendo.

El abandono, la pobreza, el desencanto, la desesperanza y el resentimiento que agobian a muchas comunidades y a diversos sectores de la sociedad, es el terreno fértil en el que una violencia descarnada, desaprensiva, indiferente, indecible, ha llegado a echar raíces en este país, donde todavía no hace mucho era costumbre generalizada de la gente vivir con las puertas de la casa abiertas.

No se puede reducir el asunto a un problema de inseguridad ciudadana. No se trata de demandar más controles y más sistemas de seguridad. No se trata de aprovechar la sangre inocente derramada para instalar más dispositivos de vigilancia. Por ese camino no se llega a la respuesta. En este momento, México es un claro ejemplo de ello.

La razón económica es la fundamental. Es esta a la que hay que dar atención de manera privilegiada. Se sabe bien que en regiones del país donde una mayoría de la población vive en condiciones de pobreza y de extrema pobreza, también hay instaladas operaciones económicas de gran magnitud: en la agroindustria y, especialmente, en el turismo. Este esquema económico adoptado por Costa Rica desde finales de la década de 1980, ha conducido al desalojo de sus fuentes de trabajo y de sustento económico para miles de familias y muchas comunidades, que hoy viven en el abandono y cuya juventud afronta una situación de humillante desesperanza, indignación y resentimiento.

La sociedad costarricense tiene planteado un gran desafío. Es preciso imaginar y construir formas de actuación y de participación en la sociedad, que conduzcan a la búsqueda en común y organizada de respuestas estructurales a la realidad que estamos viviendo. Esta es una responsabilidad de toda persona sensata y que tenga sentido de la obligación que se tiene como ciudadanía en la construcción de una sociedad donde se privilegien los principios de la justicia social, la convivencia en armonía, la lucha contra la inequidad y contra la oprobiosa desigualdad y la exclusión que hoy afectan a una gran proporción de la población en Costa Rica.

Suscrito por:

Colectivo de investigación del Observatorio de la Educación Nacional y Regional (OBSED).
Instituto de Investigación en Educación (INIE).
Universidad de Costa Rica.

Enviado por:

Luís Muñoz Varela.

Cédula: 203220588.

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