Las protestas tras la llegada de Trump a la presidencia se han incrementado.

Gilberto Lopes
Gilberto Lopes

Por Gilberto Lopes*

El tsunami provocado por el terremoto que, en 1990, acabó con la URSS, ha llegado a las costas de Estados Unidos. 26 años después, el desorden político surgido entonces, lejos de consolidar el papel de Estados Unidos como líder mundial, parece haber terminado por sumergirlo en el mismo caos provocado por el fin del orden político de posguerra.

Nunca vi mi país tan dividido en el día en que un nuevo presidente asumía su cargo. Ni “tan angustiado, ni tan temeroso, ni tan poco confiado en el rumbo que ha tomado”, dijo Dan Rather, reconocido periodista norteamericano, en un “elegante y trágico” texto sobre el discurso con que Donald Trump asumió el poder. Lo que no tiene verdaderamente precedentes en mi memoria, dijo Rather, es la magnitud de la aceleración de los latidos del corazón de millones de norteamericanos –de la mayoría en el país, si debemos creer en las encuestas–, sumidos hoy en el dolor y en el temor.

Y señaló: “hay una sensación profunda de que estamos entrando en un capítulo de la historia de nuestra nación distinto a cualquier otro que hayamos escrito”.

¡El tsunami ha llegado a sus costas de los Estados Unidos! Para comprobarlo, basta recorrer las miles de páginas publicadas en estos días sobre los cambios políticos ocurridos en el país.

“Hoy es el primer día de Trump como presidente de Estados Unidos. Es un cambio fundamental en ese país y en el mundo. Pero no sabemos cuál”, opinó Manuel Castells, sociólogo español, profesor en la Universidad de California, en Berkeley.

Para tratar de descifrar el camino, Castells sugiere echar una mirada al gabinete de Trump. Pero ese camino parece ofrecer también pocas luces. “La secretaria de Educación, Betsy DeVos, es una activista de la privatización de las escuelas públicas. Scott Pruitt, ligado a la industria del petróleo, que propuso suprimir la Agencia del Medio Ambiente, es ahora su director. Ben Carson, excandidato presidencial, es secretario de la Vivienda con el encargo de liquidar los programas públicos. Andrew Puzder, secretario de Trabajo, es un enemigo declarado de los sindicatos”.

La orientación del resto del gabinete tampoco ayuda a conformar una visión del rumbo que tendrá el gobierno de Trump. Los tres nombramientos fundamentales, dice Castells, son: “el del senador Jeff Sessions, racista y tolerante del Ku Klux Klan como secretario de Justicia, con el encargo de mantener una política de ley y orden legalizando la represión de la oposición popular y las deportaciones masivas; Reince Priebus, jefe de ga¬binete con el encargo de negociar con el Congreso republicano, y Stephen ¬Bannon, el consejero estratégico, para ¬controlar los medios de comunicación, en su mayoría hostiles a Trump. Son estos tres los que darán cobertura política al resto”.

“America first”
Las orientación del presidente parece, sin embargo, sencilla: America First (Estados Unidos primero). La propuesta genera perplejidad y desconfianza. Pero ese fue el tono del discurso de Trump el pasado 20 de enero: “Nosotros, los ciudadanos de los Estados Unidos, nos reunimos en un gran esfuerzo nacional para reconstruir nuestro país”. “Determinaremos el curso de los Estados Unidos y del mundo por muchos, muchos años en el futuro”.
Por muchos años, agregó Trump, hemos enriquecido la industria extranjera a costa de la industria norteamericana, subsidiado los ejércitos de otros países, mientras permitíamos una muy triste reducción del nuestro. Hemos defendido las fronteras de otras naciones mientras nos negábamos a defender la nuestras”.

Una visión que parece difícil de conciliar con la realidad de los enormes gastos militares norteamericanos, que superan el de todos sus principales rivales militares juntos, como destacaba, en discurso reciente, Joe Biden, vicepresidente durante la administración de Barack Obama.

De ahora en adelante todo será diferente, prometió Trump: será “Estados Unidos primero. Cada decisión sobre comercio, impuestos, inmigración, asuntos internacionales será tomada para beneficiar a los trabajadores norteamericanos y a las familias norteamericanas”.

¿Cómo hacerlo? El viernes está prevista la primera visita de un líder extranjero al nuevo presidente, en Washington. Será la primera ministra británica, Theresa May, con la que Trump aspira a repetir la exitosa alianza conservadora de los años 80, entre el expresidente Ronald Reagan y la primera ministra Margareth Thatcher. Fue cuando se produjo, como un terremoto político, el fin de la Unión Soviética.

Hoy, con Inglaterra negociando su salida de la Unión Europea y Trump enfocado en su programa de America first habrá que esperar el resultado del encuentro antes de poder imaginar los objetivos comunes que podrán acordar ambos gobernantes.

Con México
La segunda visita internacional a Washington será la del presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, anunciada por Sean Spicer, portavoz del gobierno Trump, en su primera comparecencia ante la prensa, solo 24 horas después de asumir el cargo.
“Con Trump comienza una era de incertidumbre e improvisación entre Estados Unidos y América Latina”, estimó Paula Durán, en el New York Times, el pasado 19 de enero. Era la víspera de la toma de posesión de Trump. “Nadie sabe muy bien qué esperar, ni qué resultará del choque entre sus pretensiones y la realidad”, agregó.
La semana que viene, el 31 de enero, según la información de Spicer, el “primer ministro Pena” se reunirá con Trump en Washington para hablar de comercio y de seguridad, entre otros temas. Se trata, en realidad, de una visita del presidente mexicano (y no del primer ministro) Peña Nieto, a la capital norteamericana. ¿Se hablará entonces del muro fronterizo que prometió Trump construir y cobrar a México? ¿Cómo lo va a cobrar? ¿Con un impuesto a las remesas? ¿De otra forma?

La hora de las conversas vacías se acabó, llegó la hora de la acción, anunció Trump en su discurso inaugural. Habrá que ver qué significa eso en un tema tan sensible como las relaciones con México, con quien Estados Unidos no solo tiene una frontera de casi 3.150 km, sino que es también su segundo socio comercial.
El año pasado, el comercio entre ambos países alcanzó poco más de 242 mil millones de dólares. Su intercambio con Estados Unidos representa para México 66% de su comercio exterior total, con un saldo positivo de casi 60 mil millones de dólares.

Trump ha anunciado su intención de abandonar al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) que en enero de 1994 entró en vigencia, con México y Canadá. 22 años después de su entrada en vigencia, es evidente el efecto desestructurador de la economía mexicana del tratado que, sin embargo, ha permitido multiplicar varias veces el intercambio comercial entre ambos países. El gobierno de Trump tampoco está convencido de sus bondades. ¿Lo irá a denunciar como lo prometió en campaña? ¿Discutirá con Peña Nieto la construcción del muro y el financiamiento de la obra?

Protestas
Si las promesas de Trump sensibilizaron a amplios sectores del país, sobre todo los afectados por las políticas neoliberales de Reagan y Thatcher –seguida por los grupos más conservadores de América Latina– su discurso agresivo contra diversos sectores, como los inmigrantes, las mujeres o la prensa despertó una rápida reacción en la opinión pública norteamericana.
No pasaron ni 24 horas desde que asumió el poder para que millones de personas salieran a las calles en todo el país y en el exterior, para protestar.

Una ola está creciendo entre la oposición, ansiosa de dejar atrás la pasividad y pasar a la acción. Estamos viendo también un partido Demócrata más combativo que nunca en años, que está siendo alimentado por una energía que surge de las raíces, más que desde arriba, afirmó Dan Rather.

La “Marcha de las mujeres” para protestar contra Trump, una idea sugerida por una mujer en Hawai, prendió rápidamente y alimentó las protestas en todo el país.

El sábado 21, por la mañana, ya se habían manifestado en Australia y Nueva Zelanda; luego lo hicieron en Europa, en la costa este de Estados Unidos, para terminar en Seattle, Los Angeles y California. Diversas estimaciones hablan de casi tres millones de personas en las calles.

“Nosotros marchamos, estamos listas para la pelea”, oí una dirigente negra anunciar desde Washington. “Peleamos por lo que creemos”, dijo la senadora Elizabeth Warren, también presente en las protestas.

El cineasta Michel Moore propuso un detallado plan de resistencia. “No queremos a Donald Trump en la Casa Blanca”, afirmó.

De este modo, cada reivindicación se sumó a una protesta que anuncia, como pocas veces en la historia reciente norteamericana, una renovada lucha política en un país poco acostumbrado a esas confrontaciones. Las protestas dejaron en evidencia que la pieza de Trump no encaja en el gran rompecabezas mundial. Sus antecesores tenían una que, con mayor o menor dificultad, siempre encajaban en algún escenario. La de Trump no parece encajar en ninguno.

Como dijo Briton Nicola Frith, profesora de la Universidad de Edimburgo sobre el discurso de Trump, “fue el más nacionalista que yo jamás oí. Es como si Donald Trump hubiese inundado toda la nación con su personalidad”.”El nuevo presidente tendrá ahora que empezar a limar sus aristas más agudas y negociar, con Theresa May y con Enrique Peña Nieto, algún escenario en el que encajarlas.

Pero tendrá que enfrentar también desafíos internos, inclusive con su propio partido Republicano, donde las propuestas de denunciar tratados comerciales (incluyendo el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica – TTP) gozan de poco simpatía.

Y está pendiente todavía la ratificación por el Senado de diversos miembros del gabinete. La propuesta de que el exdirectivo de Exxon, Rex Tillerson, ocupe la Secretaria de Estado despierta inquietudes, del mismo modo que el nombramiento de Betsy DeVos en la cartera de Educación.

*Escritor y politólogo

Publicado inicialmente en Semanario Universidad.


 

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